Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de octubre de 2026

EL DIARIO DEL ESCRITOR


Que el escritor lleve un diario de trabajo tiene aspectos positivos y negativos.


¿Tiene sentido que el escritor lleve un diario donde registre día a día, religiosamente, cómo se va desenvolviendo su obra, desde la idea inicial hasta que esta se convierte en libro publicable? A primera vista, parece útil: ayuda a ordenar los pensamientos, evita pérdidas de material creativo y permite reflexionar de manera profunda sobre lo que se está componiendo. Sin embargo, también implica el riesgo de primar el examen que se hace en dicho diario frente a lo que espontáneamente se escribe.

Porque, aunque hay que reconocer que el uso de esquemas y notas es no solo habitual para el literato, sino aconsejable, pues ayudan a estructurar el material, no se puede negar que un diario tiene una naturaleza distinta: no es un simple instrumento de apoyo (provisional, por tanto); pretende registrar cada paso, cada vacilación, cada cambio, cada fracaso, según se van produciendo, con lo que puede acabar convirtiéndose en una especie de obra paralela que, ¿por qué no?, llegue a competir en la mente del autor con la propia obra literaria. Y, aun cuando no ocurra esto, lo que sí que ocurrirá es que tarde o temprano se planteará la duda de qué valor hay que darle al diario de marras. A lo que se responderá, lógicamente, que puede servir para entender lo que el escritor quiso hacer y lo que logró o no logró. Lo cual planteará, a su vez, otra pregunta: «¿Debe la intención del autor tener un peso determinante en la interpretación de la obra?». O, dicho de otra manera: «¿Debe la intención del autor primar respecto del resultado y, por tanto, respecto de la interpretación del lector?». Si es así, entonces, el diario del escritor se parece curiosamente a los trabajos preparatorios de las leyes, a los que los juristas desde siempre les han dado enorme importancia para interpretar el sentido de un texto cuando este es ambiguo. Sin embargo, «tanto va de Pedro a Pedro», como proclama el refrán, pues, aunque las leyes son también obras escritas, las obras literarias no están destinadas a ser aplicadas a casos concretos, y las dudas sobre lo que quería o no decir el pasaje de una novela o de un drama no tienen consecuencias (al menos, prácticas) en la vida de la comunidad. Así que, al convertir el diario del escritor en la clave interpretativa por excelencia, parece que administrativizamos innecesariamente las obras literarias, dando a entender que necesitan de una especie de expediente o trabajo de investigación para ser comprendidas de forma plena.

Pero quizás nos estamos yendo por las ramas. Quizás lo que pasa con los diarios de los escritores es simplemente que hoy tendemos a sobrevalorar eso que se llama «proceso creativo» (lo que el autor experimenta según va escribiendo) frente al resultado final, a diferencia de la tradición literaria clásica; pues, si lo pensamos un momento, nos percataremos de que los grandes escritores no nos dejaron diarios, sino obras terminadas que leemos y releemos sin necesidad de justificación externa. Y es que quizás la literatura no necesite tanto el relato de cómo se escribe, sino simplemente lo escrito.



miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA HABITACIÓN QUE PODÍA NO HABERSE CERRADO


Reflexiones sobre las contradicciones del cuento La habitación cerrada.

La habitación cerrada es un relato del escritor norteamericano August Derleth, presentado como una colaboración póstuma con su amigo de H. P. Lovecraft. En la historia, un tal Abner Whateley regresa al pueblo de Dunwich, en Massachusetts, para encargarse de la mansión de su abuelo, Luther Whateley, que ha fallecido hace poco. En la mesa de la cocina el anciano le ha dejado una carta en la que le recomienda que destruya totalmente la parte de la casa que da al molino (la parte correspondiente a la habitación cerrada del título, habitación donde había residido hasta su muerte Sara, otra hija de Luther y hermana de la madre de Abner). También le dice que mate cualquier cosa viva que encuentre en dicho lugar, sin importar su tamaño o forma. Abner entra en la habitación, y allí, junto con restos de carne cruda, un hedor asqueroso y gran desorden, se tropieza con un pequeño sapo al que no da ninguna importancia y lo deja escapar.

Más tarde comienzan las muertes de animales y personas. Hablando con parientes, leyendo cartas y notas de su abuelo y periódicos antiguos, Abner descubre que Sara había sido encerrada poco después de haber visitado a unos parientes de la familia en Innsmouth, relacionados con la secta de Dagón, y que en lo pasado también se habían repetido las muertes de animales y personas en Dunwich. Al final, comprende que el anfibio que había dejado escapar no era sino uno de los extraños personajes del universo literario de Lovecraft, engendrado por Sara con uno de aquellos parientes de Innsmouth. Racionando la cantidad de comida que recibía el sapo se evitaba que aumentase de tamaño, por manera que, cuanto más comía, más crecía.

Gracias a su elaborada prosa, Derleth imprime al relato un tono casi policiaco y consigue mantener el interés del lector hasta el final. La única pregunta que queda por responder es la siguiente: ¿por qué Luther le manda a su nieto que destruya la parte de la casa que da al molino y mate todo lo que hay en ella? ¿Por qué no lo había hecho él cuando escribió la carta? Además, como se ha apuntado, parece que, hasta el día de su fallecimiento, el viejo había seguido llevando carne cruda a la habitación para que comiera el monstruo… ¿Por qué no dejó de alimentarlo a fin de que pereciera?

¿Tal vez porque el monstruo era su nieto y le daba pena? Pero en ese caso, ¿no le producía pena mandarle a Abner que lo matase?



jueves, 17 de septiembre de 2026

¿CUÁL SERÁ EL GÉNERO LITERARIO POR EXCELENCIA EN LO FUTURO?


Si la novela es el género literario de nuestro tiempo, ¿el microcuento lo será de lo futuro?


Dizque cada época histórica tiene su género literario preferido, y que hoy lo sea la novela no es, ni mucho menos, casual: su auge está estrechamente ligado a la Reforma protestante, que defendía que cada creyente pudiera leer la Biblia por sí mismo; con lo que se favoreció la alfabetización del pueblo y, a la par, una mayor intimidad de la experiencia religiosa. En lo literario, esto significó no solo que se restase importancia a la tradición oral (que había convertido al teatro y a la poesía cantada o recitada en los géneros dominantes), sino también que se generalizase un tipo de lector que hasta entonces no era frecuente: el individuo que, en solitario, podía entregarse durante horas y horas a la lectura de extensos relatos.

Curiosamente, lo mismo que favoreció el auge de la novela parece estar causando su declive: las implicaciones económicas de la ética protestante han desembocado en la obsesión por la productividad y, en consecuencia, en el consumismo atroz, lo que se ve en todos los campos, incluidos el científico y el artístico. Así hemos acabado atrapados en un círculo vicioso: queremos consumir todo lo que se produce, pero apenas disponemos de tiempo, por lo que en este mundo tan frenético dedicar semanas a una novela de mil páginas empieza a convertirse en rara avis.

Y es en estas circunstancias en las que el microcuento surge como «un arma cargada de futuro», por parafrasear a Gabriel Celaya; pues, si la novela reflejaba una forma de vida que el siglo XXI está relegando al olvido, el microcuento se funda en la lógica de la inmediatez y de la atención fragmentaria. Es un género literario para ser leído a ratos: un poco en el autobús de camino al trabajo, un poco en un descanso durante el trabajo, un poco en otro descanso más tarde…, sin que las pausas signifiquen la pérdida del hilo conductor de la historia que se está leyendo. Podría hasta considerarse la transposición del mundo de las redes sociales, con sus vídeos cortos y memes, al mundo de la literatura: piezas rápidas, intensas y que buscan atraer al público de forma instantánea, pero con una clara contrapartida: su fugacidad.



jueves, 6 de agosto de 2026

VIAJANDO EN EL TIEMPO: DE 1960 A 2002


La máquina del tiempo, de Wells ha sido objeto de varias adaptaciones cinematográficas.

La máquina del tiempo es una novela corta del escritor británico Herbert George Wells (1866 - 1946), novela universalmente conocida por la descripción que hace de la Tierra en el año 802 701, donde la humanidad se ha dividido en dos especies: los Eloi (criaturas gráciles y estúpidas) y los Morlock (feos y caníbales).

Sus principales adaptaciones al cine son El tiempo en sus manos (1960) y La máquina del tiempo (2002). Esta última fue dirigida por un pariente lejano del propio Wells; y, a decir verdad, no es una adaptación de la novela, sino una refundición libre de la película de 1960.


En Internet se pueden encontrar comparaciones entre las películas y de las películas con la novela, por ejemplo

http://vozenoff7.blogspot.com/2012/02/comparativa-el-tiempo-en-sus-manos-1960.html

http://inviernoen1882.blogspot.com/2016/07/la-maquina-del-tiempo-1960-vs-2002-la.html

https://loquenosgustaver.wordpress.com/2018/10/19/versus-la-maquina-del-tiempo/


No vamos aquí a repetir ni a insistir en lo de Vozenoff77, pero nos gustaría mencionar que la novela y la película de 1960 son hijas de su respectiva época: en la novela la división del género humano trae causa de la cuestión social, de las diferencias entre patrones y obreros (tema candente de finales del siglo XIX), mientras que en dicha película, la división se produce por la guerra nuclear (el temor a dicha contienda era grande, basta fijarse en el episodio de los misiles de Cuba de 1962). En la película de 2002 la división recuerda a la de 1960, pero los refugios subterráneos no se ocupan por la guerra, sino porque la luna se cae tras haber construido alegremente colonias en ella…, mensaje quizás vinculado con el abuso de los recursos naturales por parte del hombre. No está claro.

Y sí, en efecto, la película de 1960 es más fiel al texto escrito que la de 2002 menos en dos puntos: los Morlock cazan a los Eloi y no los hipnotizan con alarmas antiaéreas (aunque no los cazan a plena luz del día, como bien señala el blog Vozenoff7) y el idioma de los Eloi no es el inglés (sin embargo, y a diferencia de la novela, el viajero del tiempo no tendrá que esforzarse demasiado para comunicarse con las gráciles criaturas, pues Mara, que ya no se llama Weena, conoce la lengua de Shakespeare).

Por otra parte, la película de 2002 toca un poco el tema de las paradojas temporales, cosa que no se trataba en la novela (y no se trataba porque a Wells lo que le interesaba era la cuestión social y no la ciencia física). No obstante, al modificar considerablemente el principio de la historia, la película no toca la más interesante de todas, que es esta: cuando en el texto, el viajero del tiempo muestra a sus incrédulos amigos el modelo en miniatura de su máquina, ¿por qué no la envía atrás en vez de enviarla hacia adelante? Eso habría convencido a los escépticos…, pero, entonces, habría tenido dos máquinas en miniatura antes de enviar la primera. ¿Y qué habría sucedido si, cuando aparece este segundo prototipo de máquina en el pasado, decide no enviar la que tiene construida?



miércoles, 15 de enero de 2025

¿QUÉ SON LOS ESCRITORES CLÁSICOS?


¿Cuál es la diferencia entre un escritor clásico y un escritor de circunstancias?

Además de escritores de brújula y de mapa, siempre te han dicho que hay otras dos clases de escritores: los que se centran en hablar sobre la sociedad del tiempo que les ha tocado vivir, con sus peculiares conflictos e inquietudes —los escritores de circunstancias—; y otros que lo que buscan es mostrar el alma humana, por lo que, en teoría, tratan temas universales y eternos —los escritores clásicos—.

A los primeros, por lo general, no se los tiene en buena estima, ya que se considera que, una vez pasadas las circunstancias históricas que determinaron su quehacer literario, sus obras pierden interés y, lo que es peor, se vuelven en su mayor parte ininteligibles (al tratar de personajes e instituciones que ya no existen), por lo que se convierten en piezas de museo, dignas solamente de la atención de los curiosos o de los estudiosos.

Y, si te paras a pensar, caerás en la cuenta de que ni siquiera han de transcurrir decenios o siglos para que ocurra esto: cuando la obra de circunstancias versa sobre política, bastan cuatro años —o lo que es lo mismo, unas elecciones— para que cambien de todo en todo los protagonistas y los conflictos.

No obstante, si piensas un poco más, caerás también en la cuenta de que muchas de las obras que hoy en día se consideran clásicas, son, en realidad, obras de circunstancias: las comedias de Aristófanes, por ejemplo, se burlaban de personas e instituciones de su época; y, por seguir con los antiguos griegos, las grandes tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides tenían por finalidad última la veneración de los dioses paganos; el Quijote era una sátira de los libros de caballerías —y tales libros hoy a nadie le interesan—; las comedias y tragedias de la época del Grandeur francés ensalzaban el absolutismo…  Y, si nos acercamos más a nuestro siglo, ¿negará alguien que Charles Dickens, que también se cuenta entre los clásicos, se centraba en disparar contra las desigualdades de la época victoriana? ¿O quién dirá que George Orwell en Rebelión en la granja o 1984 no pretendía criticar un régimen político determinado —que, además, de entonces acá ha caído—?

¿Qué conclusión has de sacar, entonces? Pues que la distinción entre autores de una y otra clase no siempre es fácil de establecer, y que, como suele pasar en el mundo literario, habrás de atender al cómo y no al qué.

Si el autor sabe combinar lo concreto con lo universal haciendo que aquello esté al servicio de esto, podrás decir que tienes ante ti a un autor clásico.     



miércoles, 16 de octubre de 2024

UN DOLOR POÉTICAMENTE PROSAICO


A veces el amor se va, pero nos quedan los versos que le escribimos a la persona amada.


Estás releyendo los poemas que le escribiste hace muchos años a una persona a la que querías y que no te correspondió.

Notas, al releerlos, que no sientes nada de lo que sentías entonces. Recuerdas, lógicamente, que te invadía el dolor, pero ya ni siquiera queda —ni, mucho menos, revive— un atisbo de aquel dolor y, por ende, tampoco de aquel afecto.

Por eso no te dices a ti mismo «¡cuánto la quise!», sino «¡qué hermosos versos escribí!». Tu mente de escritor (pues no has parado de escribir en estos diez o quince años que han pasado) ya solo se percata de lo bien que te salieron los versos, de las imágenes que usaste, de la fluidez que conseguiste imprimir a las palabras a pesar de lo rígido de la métrica y de la rima. Te enorgulleces de haber sabido imitar a los modelos que leías en la escuela siendo casi un niño (Garcilaso, Quevedo, Machado, Lorca…).

Con razón Pedro Salinas llamaba al dolor «última forma de amar». Con razón decía que


«[…] mientras yo te sienta,

tú me serás, dolor,

la prueba de otra vida

en que no me dolías.

La gran prueba, a lo lejos,

de que existió, que existe,

de que me quiso, sí,

de que aún la estoy queriendo».


Y tú ahora eres la prueba viva de que, en efecto, es así.



martes, 15 de octubre de 2024

HIMNO A LAS MUSAS COMPUESTO POR LOS AUTORES DE ESTE HUMILDE BLOG


Hoy escribimos un himno a las musas


¡Oh, musas, inspiradoras de los artistas, encended en mí la llama de la creatividad y conducidme por vuestros senderos!

Sed el aliento de mis palabras y la luz de mi imaginación.

Regálame con historias de héroes y dioses, Calíope, de guerras y aventuras, de azar y destino.

Inspírame para contar el pasado de la historia de la humanidad, Clío, los hechos que marcaron a las naciones y a los pueblos.

Llévame hasta los Cielos, Polimnia, desde donde invite a todos a la oración, a la meditación y a la acción de gracias.

Ilumíname con tu conocimiento de las ciencias, Urania, que mis escritos brillen siempre por la lógica y la precisión.

Susúrrame los versos más apasionados, Erató, los que salen del corazón y expresan el amor.

Haz que mi música deleite con las melodías más hermosas y armoniosas, Euterpe, que eleven el espíritu y llenen a todos de alegría.

Que mis sones impulsen a todos los del coro a bailar, Terpsícore, que se muevan con gracia y elegancia.

Recuérdame las penas y los sufrimientos del ser humano, Melpómene, a fin de que la gente llore y se compadezca con mis cantos.

Pero que, a la par, no me olvide de las risas, Talía, ni de la vida en el campo (recuerdo de la mítica Edad Dorada).

¡Oh, hijas de Mnemosina, compañeras del séquito de Apolo, guiad mi arte con toque de gracia y encanto, que mis obras sean dignas de vuestro favor!

 


viernes, 30 de agosto de 2024

SOMOS LO QUE HACEMOS REPETIDAMENTE


El escritor escribe casi por hábito, por lo que no podrá nunca dejar de escribir.


Alguna que otra vez has pensado en dejar de escribir.

No han sido muchas, ciertamente, porque no eres de los que a la primera dificultad se rinde…

Pero es inevitable que te asalte la tentación: te paras a pensar que llevas ya bastantes años escribiendo —te lo notas en las muchas canas que te han salido— y que aún no consideras tu trabajo digno de publicar.

Entonces das en que quizás estás perdiendo el tiempo. Y paras.

Lo curioso es que, poco después de parar, vuelves a ello. Puedes pasar un día entero o dos o tres sin escribir, pero pronto oyes en tu cabeza la frase de Ray Bradbury —o crees que es de Ray Bradbury, porque nunca lo comprobaste—: «Solamente fracasas si dejas de escribir».

Y, al acordarte de esto te acuerdas también de que te decían que la gota de agua, con su constancia, acaba horadando la roca (y te animas, porque siempre te has considerado constante).

No obstante, a veces también te asalta el pensamiento de que quizás, más que constancia, la verdadera razón de que no dejes de escribir es el hábito: te has acostumbrado, desde que eras apenas un adolescente, a escribir en tus ratos libres y a darle vueltas en tu cabeza a versos, a argumentos o a esa parte de la obra que no te acababa de salir bien… ¿Y podrías ahora vivir sin todo eso? ¿Podrías pasar una hora, un día, un mes… o los años que te quedan sin hacer lo que para ti es tan normal?

Mas: ¿podrías leer un libro sin pensar «me gustaría escribir algo semejante»? Dicen que siempre se puede empezar de nuevo y sepultar en olvido el pasado… «Quizás», piensas… Pero te asalta la duda de a qué te dedicarás en adelante. ¿Al deporte acaso, que tanto te aburre?, ¿a salir con amigos y conocidos, cuyas triviales charlas te aburren todavía más?, ¿a los vicios, que los escritores clásicos decían que embrutecían y que no satisfacían las necesidades del alma?

Quizás sea el hábito lo que tira de ti, pero al punto te acuerdas de esta otra frase del gran Aristóteles: «Somos lo que hacemos repetidamente».



sábado, 8 de junio de 2024

LOS MEMES DE SETANTÍ


Los aforismos de Joaquín Setantí se prestan a servir de memes.

Joaquín Setantí (1540-1617) fue militar, filósofo y escritor español, cuya fama se debe principalmente a sus aforismos, que se publicaron en 1614 junto a los de Benedicto Arias Montano. Estos aforismos consisten en conjuntos de dos versos endecasílabos en que se expresa una idea o consejo al lector u oyente; pero, ¡ojo!, no son pareados, porque los versos no tienen ningún tipo de rima.


Por ejemplo:


«Toda la tierra por destierro cuenta

y no serás de vida codicioso ».


Como vemos, en el texto se nos invita a considerar nuestra existencia como un destierro, y el mundo como el lugar de dicho destierro, para que no ambicionemos vivir mucho tiempo más que el que ya hemos vivido.

Y parecido, por el tema, es este otro, en el que, recordando la brevedad de la vida, se exhorta al lector a que, si desea alcanzar fama y poder, no procrastine:


«Si has de llegar a lo más alto, aguija,

porque el camino es camino es largo, el tiempo corto».


Ni que decir tiene que estos breves textos, acompañados de un dibujo apropiado, encajan muy bien en el concepto de meme, que tan de moda se ha puesto a causa de las redes sociales. Así, nosotros mismos hemos publicado en las nuestras unos cuantos, como los que siguen:







Una casual pero, al fin y al cabo, magnífica combinación de lo pasado y de lo presente.



sábado, 1 de junio de 2024

ÉRASE UNA VEZ... Y, COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO


Hay escritores que nunca acaban las obras que empiezan, pero lo curioso es que hay mucha gente corriente y moliente que tampoco lleva a buen término sus simples asuntos.

En un curso de escritura que hiciste una vez te contaron que ha habido escritores —aspirantes a escritores, por mejor decir— que comenzaron a escribir decenas de obras —decenas, sí, y, además, aparentemente buenas e ingeniosas—, pero que no han terminado ninguna, ya que, extinguida la emoción inicial, no saben cómo seguir. Esto te lo contaban los que impartían el curso para que compusieses siempre tus obras con un plan prefijado: un plan circunstanciado y minucioso, que incluyera todas las escenas y el tema de los diálogos, de modo que el escribir no fuese más que seguir dicho plan.

Y, aunque tenían razón, no podías ocultarte a ti mismo que esa clase de aspirantes a escritores que se lanzan y llenan diez, quince, veinte o cincuenta folios, y después lo dejan al no saber cómo seguir, te inspiran cierta conmiseración, ya que tú también has hecho como ellos en muchas ocasiones. «¡Pero por lo menos escriben algo! —piensas—. ¡Hay otros que dicen que abrigan proyectos de grandes obras, y que nunca escriben ni una línea siquiera!». Eso sí, lo que no puedes negar es que el resultado en ambos casos es el mismo: que la obra literaria no llega a nacer siquiera.

Y, pensando en esto, caes en la cuenta de que la misma actitud de esos escritores de empezar las cosas y no terminarlas, o de no empezarlas siquiera, la hallas en otros ámbitos de la vida: la hallabas en la escuela, cuando se formaban grupos para alguna tarea, en los cuales siempre te juntaban con algún compañero que tenía grandes ideas, pero que, por lo irrealizables que eran, no se dedicaba más que a lamentarse de que carecía de tiempo de medios. También has conocido a gente que soñaba con organizar un gran acto, con mucha gente, y que solo tenía planeado cómo citar a los participantes; de manera que, así que estos empezaban a plantear objeciones o a hacer sugerencias, perdía el interés. Y, ejerciendo tu profesión, también has topado con colegas que se pasaban días y días divagando sobre cómo reorganizar el trabajo, pero que eran incapaces de concretar las ideas abstractas que les venían a la mente; y aun has topado con colegas que sí que sabían qué era lo que concretamente querían resolver, pero que nunca se lo decían a los responsables de resolverlo.

Y, pensando en todo esto, te acuerdas también de las palabras de algunos comentaristas del historiador romano Tácito, que se figuraban que los bárbaros eran muy arrojados al principio, pero que pronto su arrojo decaía porque se asemejaban a la nieve —entre la que vivían—, que es muy fría y muy activa por muy poco tiempo. Y piensas que quizás eso es lo que pasa, pura y simplemente: que nos hemos convertido todos o la mayor parte de nosotros en bárbaros.



viernes, 12 de abril de 2024

EL «SONETO» DE GARCILASO


Hay gente que no distingue entre un soneto y una lira.

Te gusta la poesía desde que eras niño. Fue tu primera gran afición literaria.

Ya desde temprana edad (y antes que te lo explicaran en la escuela) te sabías casi todos los tipos de versos y casi todos los tipos de estrofas.

Sin embargo, llegaste al bachillerato y notaste que a buen número de tus compañeros no se lo habían enseñado, y que otros lo habían olvidado totalmente (porque no les interesaba lo más mínimo).

Y coincidió entonces que la profesora de literatura —la misma de la que aprendiste lo que era un cadáver exquisito— era aficionada a poner exámenes muy extraños, que básicamente consistían en comentar textos, con análisis de métrica y rima incluido.

No preguntaba nada de las biografías de los escritores, a pesar de que abundaban en el libro de texto… Lo curioso es que, por alguna razón que no alcanzas, tus compañeros se empeñaban en estudiar lo que no se preguntaba, y no los tipos de versos y de estrofas.

En uno de aquellos exámenes llegaron a suspender más de veinte compañeros (en el aula de literatura no debía de haber más de treinta y cinco). Y la profesora, indignada, leyó en voz alta lo que consideró disparates mayúsculos (sin revelar los nombres de los autores, claro está).

Recuerdas que lo que había puesto para comentar era la primera estrofa de la Oda a la flor de Gnido, de Garcilaso de la Vega:

«Si de mi baja lira / tanto pudiese el son que en un momento / aplacase la ira/ del animoso viento / y la furia del mar y el movimiento…».

Es la que da nombre a la estrofa conocida como lira, y el disparate que no uno ni dos ni tres de tus compañeros, sino muchos más, habían cometido era decir que la estrofa se llamaba soneto.

—¡Bueno! —pensaste tratando de disimular una sonrisita—. Al menos, sabían que Garcilaso estaba muy ligado a los sonetos.



jueves, 14 de marzo de 2024

¿ESCRITOR DE MAPA O ESCRITOR DE BRÚJULA?


¿De verdad se puede ser a un mismo tiempo escritor de brújula y escritor de mapa?

Cuando te dan una charla sobre cómo escribir, siempre te dicen que hay dos clases de escritores: el de mapa y el de brújula.

El escritor de mapa es el que, antes de arrojarse a escribir, traza en un papel todos los capítulos, partes o escenas de la futura obra, incluyendo lo que va a pasar en cada momento, los personajes que intervendrán y el asunto sobre el que versarán los diálogos; de manera que después, al escribir, la tarea consistirá únicamente en desarrollar lo que en el papelito de marras ha trazado.

La otra clase de escritor, que es el de brújula, no hace nada de eso; sino que deja correr la pluma libremente, y va improvisando lo que sucede, los diálogos, la aparición de tales o cuales personajes y el tema de los diálogos, todo ello según le acuden las ideas a la cabeza.

Acto seguido, los que te están dando la charla te aclaran rápidamente que lo de ser escritor de brújula no está bien visto. La improvisación —el dejarse llevar sin más ni más de la inspiración— no gusta, ya que se considera que dicha técnica —falta de técnica, en realidad— producirá obras descuidadas, sin trabazón, llenas de contradicciones y que abrumarán al lector o espectador explicaciones sobre por qué se cambia de trama o por qué un personaje que decía antes una cosa pasa después a decir la contraria.

A tu memoria, entonces, te viene el recuerdo de alguna obra así. Por ejemplo, la comedia Milagro en la Plaza del Progreso, de Miguel Mihura. Recuerdas que en ella se notaba que, al paso que la iba componiendo, el autor vacilaba sobre si lo que estaba escribiendo debía considerarse milagroso o racional, y forzaba situaciones y explicaciones según se inclinaba a una explicación o a la contraria.

También recuerdas que a otros autores se los tacha de dejarse llevar demasiado por la improvisación, como al clásico Juan de la Cueva o a Pío Baroja —quien lo reconocía sin ambages—; si bien las obras de estos dos no llegaban a los extremos a los que don Miguel Mihura llegó en Milagro en la plaza del progreso y alguna que otra de sus comedias.

Y entonces los de la charla, te dan el consejo que no esperabas: no que seas escritor de mapa, sino que combines sabiamente ambas técnicas; que escribas un borrador inicial «a tontas y a locas» para recoger las ideas ingeniosas y frescas que te puedan surgir llevado de la improvisación, y que después hagas un plan para ordenar todo eso a fin de que quede coherente (esto es, que primero te comportes como escritor de brújula y después, como escritor de mapa).

Y tú, queriendo poner por obra el consejo, que tan bien suena, te lanzas a escribir para tratar de atrapar alguna idea ingeniosa y fresca; y escribes todo lo que se te pasa por la cabeza, tal como se te pasa. Y en pocos días terminas el borrador de una nueva obra. Y te sientes eufórico. Y piensas: «Ya solo queda hacer el plan y ajustar la obra a él». Pero, al hacer el plan y ponerte con los ajustes, te queda reducida a la mitad, e insulsa, porque los trozos que te parecían los mejores los tienes que quitar al ser impertinentes o contradictorios… Y das vueltas y revueltas, pero no hallas manera de encajar aquellos maravillosos hijos de la improvisación del escritor de brújula en el plan del escritor de mapa; y te preguntas, casi llorando, si realmente pueden coexistir en la misma persona ambas clases de escritores.

 


martes, 12 de marzo de 2024

SI LO HUBIESES SABIDO... SI LO HUBIESES SABIDO...


Plantearse qué cambiaríamos si pudiésemos viajar atrás en el tiempo es absurdo, pues, cuando tomamos la decisión que hoy consideramos errada, no sabíamos lo que iba a ocurrir.


«¿Qué cambiarías si pudieras volver atrás en el tiempo?».

Esta pregunta, y otras similares, constituyen un tópico universal; y por eso solemos oírlas por doquier en entrevistas, tertulias y análisis de toda clase de asuntos.

En cuanto a las respuestas, la mayor parte de las personas contesta cosas como que no se habría centrado en ganar dinero, sino en conservar la salud; que habría pasado más tiempo con sus padres —a los que perdió pronto—; que habría escrito novelas y obras de teatro sobre asuntos distintos de los que las escribió; que habría dejado su trabajo para dedicarse a uno que de verdad le gustase; o que habría empleado el tiempo libre en viajar y conocer las pirámides de Egipto o el Taj Mahal.

Estas respuestas sirven de fundamento para que los expertos —expertos en no se sabe qué, dicho sea de paso— nos repitan con frecuencia que hay que hacer todo lo que a uno se le antoje, para no lamentarse después por no haberlo hecho.

No obstante, si con calma lo consideramos, la pregunta —y, por tanto, las respuestas— adolecen de un vicio muy grave: que olvidan que, cuando el sujeto tomó la decisión que hoy juzga errada, no sabía qué iba a pasar a continuación: no podía saber que la forma en que ganaba dinero le mermaría la salud, ni que sus padres no vivirían mucho, ni que sus obras literarias no tendrían el éxito esperado, ni que podía encontrar un trabajo mejor que el que tenía, ni que podía dedicar el tiempo libre a otras cosas que a las que en su día lo dedicó… Decidió atender a lo que entonces le parecía lo más importante, y no podía saber de antemano que el resultado de su decisión lo defraudaría. Por eso, si pudiese volver atrás y cambiar aquello con lo que no quedó satisfecho, al cabo de los años, quizás se lamentaría nuevamente de alguna de las nuevas decisiones que tomara… ¿Y por qué? Precisamente porque no podría prever de antemano las nuevas consecuencias de las nuevas decisiones.

Dicho de otra manera: las preguntas que versan sobre qué se cambiaría de lo pasado presuponen tácitamente que en la vida las cosas están claras y no envueltas en la incertidumbre, y que, por lo tanto, los resultados de nuestras decisiones se pueden prever siempre sin gran dificultad. Pero dichos resultados, en el noventa y nueve por ciento de las veces, no se ven hasta después de tomar la decisión, la cual precisamente es la que sirve para acabar con la incertidumbre que había; y lo que es más: si saltasen a la vista las consecuencias antes de tomar las decisiones, entonces, por pura lógica, nadie se equivocaría nunca.



martes, 5 de marzo de 2024

LOS CONSEJOS DE HORACIO


Los tres consejos del romano Horacio para ser buen escritor siguen todavía hoy tan vigentes como en la Antigüedad.


Cuando leíste por primera vez los tres consejos que daba el romano Horario para ser buen escritor, tú ya llevabas tiempo practicándolos: «Escribir poco, leer mucho, amén de borrar mil veces lo escrito». Así lo proclamaba el gran poeta de la Antigüedad; y, si bien se considera, tales consejos son lógicos: hay que hacer poco, para poder concentrarse bien en lo que se hace, y hay que hacerlo despacio y tranquilamente, pues las prisas y el cansancio restan calidad a la labor. Por otra parte, tiene sentido que haya que leer mucho (tanto lo propio, para corregirlo, como lo ajeno, para hallar modelos de los que aprender y, por consiguiente, inspiración). Y, sobre todo —y esto es lo más importante—, hay que pulir lo que se compone; y no una ni dos ni tres veces, sino infinitas más, ya que los errores, las repeticiones, las contradicciones y el prosaísmo son inevitables en el proceso de creación literaria y, hasta que no se eliminan los defectos más gordos, no se ven los más leves. Al fin y al cabo, escribir consiste, salvo en el caso de lo puramente autobiográfico, en contar mentiras (bonitas y engalanadas con buen lenguaje, pero mentiras); y ya se sabe que el que miente incurre en contradicciones, omisiones, imprecisiones, reiteraciones inútiles y demás…         

No debe extrañarte que un romano del siglo I a. C. hubiese acertado a expresar tan bien la receta para ser escritor, ya que a los romanos siempre se les ha presumido, por su gran pragmatismo, el haber conectado de manera especial con la naturaleza de las cosas, hasta el punto de que en algunos períodos históricos posteriores —el Renacimiento y el Neoclasicismo— se considerase que solo era verdadero artista quien se ajustaba a los modelos literarios, escultóricos, pictóricos y arquitectónicos romanos (que, dicho sea de paso, los habían tomado de los griegos), ya que se consideraba que, al ajustarse a tales modelos, el artista se estaba ajustando a la razón. Y por muchísimos siglos el derecho romano (este ya no tomado de los griegos, sino creación original del pueblo del Lacio) se ha considerado el único derecho completo y válido —y era el único derecho positivo que se enseñaba en las universidades—. 



sábado, 2 de marzo de 2024

EL CINE Y EL PÉNDULO

 

Entre el relato «El pozo y el péndulo», de Edgard Allan Poe, y la película de 1961 hay diferencias que no se entienden si no se ha leído el relato.

El pozo y el péndulo es uno de los relatos más conocidos del escritor estadounidense Edgard Allan Poe. En él se describen los pensamientos y angustias de un condenado por la Inquisición española en una celda donde acontecen varias escenas, entre ellas el verse atado bajo un péndulo con una cuchilla que desciende para matarlo; y, después de liberarse del terrible artificio, el movimiento de las paredes, que lo empujan a caer en un pozo. Todo ello ante la atenta mirada de los inquisidores.

La adaptación más famosa que de tal obra se ha hecho al cine ha sido la película The pit and the pendulum (1961), de Roger Corman (titulada en español El péndulo de le muerte), que se asemeja muy vagamente a lo del relato, ya que la historia gira en torno a la muerte de la hermana del protagonista —un inglés— en un castillo en España; y solamente los últimos minutos se corresponden con la escena del péndulo (quedando lo del pozo bastante difuso).

El mayor inconveniente de la película es, como ya comentamos en su día sobre la película Macbeth, de Justin Kurzel (2015) en el artículo Dos adaptaciones cinematográficas, que no se entiende si no se ha leído el cuento de Poe. Parece presuponer que todos los espectadores sabían perfectamente los pormenores que rodeaban al condenado por la Inquisición, y que hallarían gusto reparando en las similitudes y diferencias que había entre la cinta y el texto.

Eso tal vez en 1961 sería posible, pero en una época como la nuestra, tan poco aficionada a la lectura de relatos clásicos, merece reflexión.




domingo, 24 de diciembre de 2023

DE LIBRO A LIBRO

 

La evolución del libro, desde las tabillas y el pergamino hasta la actual forma, plantea la pregunta de cómo serán los libros dentro de muchos años.


Hoy lees un relato de forma digital en tu ordenador o en una tableta.

Y te acuerdas de tu niñez, en la cual leías las historias en libros de papel publicados por alguna editorial.

La historia del libro es larga. Recuerdas que en la escuela te enseñaron que los antiguos mesopotámicos comenzaron a escribir en tablillas, que los siguieron los egipcios escribiendo en rollos de papiro, y que los griegos sustituyeron el papiro por el pergamino.

Hasta la Edad Media el libro no comenzó a parecerse a lo que tú leías de pequeño (objetos rectangulares formados por páginas apiladas una tras otra). Y, por fin, en el siglo XV se inventó la imprenta y así publicar libros fue más fácil.

Y te preguntas: ¿qué ocurrirá dentro de cien o doscientos años? ¿Qué forma tendrán los libros? ¿Acabarán acaso implantándonos las historias en la memoria, como le implantaban a Keanu Reeves en Matrix los cursos de lucha o a Arnold Schwarzenegger en El sexto día los hechos de su vida pasada?


 

viernes, 3 de noviembre de 2023

LO LITERARIO DE REFLEXIONAR SOBRE LA LITERATURA

 

Escribir sobre la literatura o sobre una obra literaria puede convertirse en literatura si se emplean imágenes o giros propios de los escritores y no de los meros críticos.


La literatura no solo se produce al escribir novelas, dramas o poemas.

También un artículo publicado en un periódico —o actualmente en una ciberpágina o en un blog— que trate de literatura en general o de alguna obra en particular se puede convertir en un texto literario.

¿A quién no le suenan frases como estas?: «Los personajes que ha creado fulano en tal o cual libro son reflejo de las pasiones humanas más arraigadas y vehementes. El dolor lo permea todo y la tristeza se siente —casi se palpa— en el ambiente, y el lector no puede evitar que ese dolor lo invada»; «pocos escritores como mengano pueden jactarse de forjar metáforas tan acertadas, tan potentes, tan vívidas» o «zutano lleva la escritura a un nuevo ámbito, en el que se mezcla lo personal, lo espiritual y lo social».

¿No estamos componiendo poesía en prosa cuando decimos tales cosas? La reflexión sobre el fruto de la escritura, las técnicas narrativas, los artificios estilísticos, las influencias que se notan en la obra y aun sobre el mero acto de escribir se convierte así también en literatura; y ello porque el artículo no será una mera crítica o análisis, sino una creación propia de quien reflexiona, que transmite la emoción y hasta la pasión que le han infundido lo que previamente ha leído. Al hacer tal clase de reflexiones, por tanto, la obra sobre la que tratamos nos habrá servido de inspiradora de una nueva obra —el artículo—, aunque cae de cajón que no de la misma manera que los clásicos grecolatinos a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII, como Fray Luis de León.



domingo, 17 de septiembre de 2023

¿PARA QUÉ SIRVE UN BLOG HOY EN DÍA?

 

Escribir un blog te ayuda a parecer más experto.

Con el auge de las redes sociales (en particular, Instagram, TikTok y Twitter) se ha extendido la opinión de que escribir un blog es cosa anticuada. Sin embargo, esto no es así, ya que, si paramos a pensar en las ventajas del blog, de buenas a primeras, caeremos en que permite tratar asuntos con más extensión y profundidad que una publicación de 280 caracteres o un vídeo de 15 segundos, y de manera más personalizada, ya que la disposición del texto y de las imágenes en un blog no está sujeta a las mismas restricciones que en las redes sociales, con contenidos dependientes de los famosos y cambiantes algoritmos. El blog permite que se pueda acceder a sus textos de manera totalmente libre y en cualquier momento (cuando los internautas busquen artículos sobre tal o cual materia mediante los motores de búsqueda), lo que favorece que se cree un público más numeroso y a veces también más duradero (no olvidemos que una publicación de Twitter o un vídeo de Instagram pueden captar la atención de la gente y aun generar vivas discusiones, pero por muy poco tiempo, ya que es fugaz; y que un artículo de un blog, como no desaparece, puede hacer que la atención del público recaiga continuamente sobre él).

Por otra parte, tener un blog bien gestionado y lleno de buenos artículos confiere al escritor, a los ojos de sus lectores, autoridad sobre la materia sobre la que está tratando. Y aquí está usada muy propiamente la expresión «a los ojos de la gente», ya que a los que visiten el blog les bastará con una mera mirada al contenido para saber que se hallan ante alguien con conocimientos, cosa que no siempre es fácilmente reconocible en una publicación hecha en redes sociales, que, por lo general, salvo que el lector sienta algún interés particular por ella y vaya a visitar el sitio del autor (y a comprobar, por tanto, sus conocimientos), se perderá inmediatamente entre otras miles y miles de publicaciones.