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martes, 10 de enero de 2023

¿TÚ DE QUIÉN ERES?


Eteocles y Polinices se pelearon por el poder de Tebas. Según Eurípides, Eteocles era el tirano.


Según la mitología griega, Eteocles y Polinices eran hijos de Edipo y Yocasta, y hermanos de Ifigenia y Antígona.

Edipo, al nacer, había sido abandonado por su padre, el rey tebano Layo, porque un oráculo le había predicho que moriría a manos de su vástago.

Al crecer, y sin saber de sus orígenes, Edipo mata a Layo, libra a Tebas de la esfinge (gracias al famoso acertijo del animal que camina a cuatro patas al amanecer, a dos al atardecer y a tres al anochecer) y se casa con Yocasta, viuda de Layo y por ende, su propia madre.

Tras descubrirse todo, Edipo se saca los ojos y se destierra de su reino. La mayor parte de las versiones —aunque no todas— afirman que Yocasta se suicida.

Después de la partida del soberano, Eteocles y Polinices se reparten el poder: gobernarán cada uno un año. Sin embargo, surgen desavenencias entre los dos hermanos. Eteocles expulsa a Polinices y el desterrado forma un ejército y declara la guerra a Tebas. 

Al final, ninguno de los dos disfrutará la corona, porque se matan mutuamente en el combate.

El asunto fue tratado por Esquilo en Los siete contra Tebas (467 a.d.C.) y por Eurípides en Las fenicias (410 a.d.C.). En esta última, el trágico griego hace que Eteocles expulse a su hermano porque se ha enamorado del poder tras su primer año en el gobierno y no quiere compartirlo. Pinta a Eteocles como un tirano, si bien censura a Polinices que haga la guerra a su propia patria. En Los siete contra Tebas, Esquilo no habla de nada de esto. Menciona el destierro del hermano, pero Eteocles aparece como un hombre de Estado, preocupado por la suerte de su patria. Las desavenencias entre los dos hijos de Edipo se atribuyen a la maldición que pesa sobre la familia.

Sin embargo, la influencia de Eurípides en el teatro posterior ha difundido la idea que Eteocles es el malo de la historia. Quizás si esta influencia le hubiera correspondido a Esquilo, otro gallo habría cantado: probablemente los dramaturgos de otras épocas habrían hallado justificaciones para que Eteocles hubiera expulsado a Polinices en nombre del bienestar de la patria.

Y tú, amable lector, si ya estabas enterado de esto, ¿de quién eres? ¿De Eteocles o de Polinices?

 


miércoles, 12 de octubre de 2022

LAS TRAGEDIAS PERDIDAS DE LA ANTIGÜEDAD


Las particularidades que hicieron que se perdiesen casi todas las tragedias griegas.


Los griegos fueron los inventores del teatro, pero son muy pocas las obras que han llegado hasta nosotros. Así, de los tres grandes trágicos —Esquilo, Sófocles y Eurípides, cada uno de los cuales escribió cerca de cien piezas—, nos han llegado solo treinta y tres: siete de Esquilo, siete de Sófocles y diecinueve de Eurípides.

¿Por qué ocurrió esto? Es obvio que el tiempo no perdona nada; pero en el caso de la tragedia griega, tiene que ver con cómo se plantearon los estudios literarios en la época del emperador romano Adriano. Hasta entonces, las obras de los trágicos griegos —que eran el modelo para los latinos— corrían y se copiaban libremente (en papiro). Con Adriano se trata de promover la cultura literaria, aunque, por razones pedagógicas, no se estudian todas las obras escritas por cada autor, sino unas pocas: las siete que se consideraban las más importantes. Cuando posteriormente se deja de escribir en papiro y se pasa a usar el códice, solo se copian en este las siete obras seleccionadas; y las demás, con el papiro en que estaban escritas, son condenadas al olvido.

Por eso de Sófocles conservamos siete y de Esquilo otras siete. De Eurípides también estaban condenadas a sobrevivir solo siete, pero, por paradojas de la historia, como sus tragedias habían gustado siempre más —por lo raras que les parecían a sus contemporáneos— se hicieron más copias.

Y, aunque todo esto es muy triste, podría haber sido peor, ya que, siglos después de Adriano, en el Imperio bizantino, todavía se les ocurrió a los gramáticos reducir a tres las obras que merecían conservarse para la posteridad.



viernes, 16 de septiembre de 2022

DESCUBRIENDO EL «AGAMENÓN», DE ESQUILO

 

El coro era un personaje más de la tragedia griega (Buena prueba la hallamos en el Agamenón, de Esquilo). Su importancia llega hasta la Edad Moderna, cuando algunos imitaron esta forma de escribir.


Tenías quince años cuando te interesaste por primera vez en el teatro de los antiguos griegos. 

Hasta entonces, tu afición al teatro —ya bien definida desde los doce años— solo te había conducido a García Lorca, Shakespeare y Calderón de la Barca. 

Un día, sin quererlo, en un libro sobre literatura general, leíste un artículo sobre la Orestea: una trilogía de un escritor al que no conocías, llamado Esquilo.  

Se componía de las obras tituladas Agamenón, Las coéforas y Las Euménides. 

El artículo hablaba poco sobre la estructura y argumento de las obras, pero se refería a ellas con tal derroche de elogios que sentiste la necesidad de leerlas, empezando por la primera. 

¡Qué gran sorpresa! 

No había más que dos o tres personajes en cada escena; apenas se movían; abundaban los parlamentos y en los diálogos, cuando los había, cada personaje no solía decir más de una o dos líneas. 

Pero lo más curioso era el coro con su corifeo. Tuviste la impresión de que era un entrometido, de que no dejaba de incordiar a Clitemnestra, a Agamenón, a Casandra…  Y cuando matan a Agamenón dentro del palacio, se entretiene hablando, en vez de entrar a toda prisa (tiempo más tarde descubrirías que no podía moverse, pues tenía un sitio reservado para él en el teatro). 

Después de Agamenón, leíste Las coéforas y Las Euménides; y después a otros antiguos griegos como Sófocles y Eurípides, y las tragedias de Séneca. 

Y buscaste si en la literatura española alguien había intentado imitar aquel teatro que consideraste tan extraño, con su extraño coro. Y encontraste que fueron unos pocos autores. Entre ellos, Jerónimo Bermúdez, con Nise lastimosa y Nise laureada; y Cristóbal de Virués, con Dido Elisa, pero sus coros apenas hablan con los personajes y su función principal es señalar el paso de un acto a otro.