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jueves, 13 de noviembre de 2025

EL ENIGMA DE LAS TRAGEDIAS ESPAÑOLAS


Las mejores tragedias neoclásicas españolas no se compusieron en el neoclasicismo.

Durante el neoclasicismo se debatió mucho acerca de si la tragedia era un género literario incompatible con el carácter español. Los críticos no estaban satisfechos con ninguna de las obras que, con el nombre de tragedias, los poetas llevaban a las tablas; y no entendían por qué no era capaz ningún español de componer tragedias ajustadas a las reglas de las grecolatinas y las francesas (que imitaban a las grecolatinas). Y la prueba de que nunca se pudo dar satisfacción a los críticos neoclásicos es que de todas las tragedias que se compusieron en aquel tiempo solo una alcanzó cierto renombre y el favor del público: La Raquel, de García de la Huerta, que sigue estudiándose todavía en los libros de Literatura. Aunque su buen éxito trae causa de razones algo ajenas a la estética clasicista, pues se había inspirado en La judía de Toledo, una obra de Lope de Vega, que trataba un tema de la historia nacional (los amores de Alfonso VIII con la hermosa judía Raquel, que tanto llega a influir sobre el rey que los nobles acabaron asesinándola).

A esta lamentable falta de tragedias patrias durante el siglo XVIII y principios del XIX, sin embargo, se contrapone cierto auge de la comedia, género en el que brilla el conocidísimo Leandro Fernández de Moratín, quien logró armonizar el afán didáctico de la Ilustración con la gracia y el gusto españoles, como lo vemos en obras como El sí de las niñas y La comedia nueva, basadas en la pintura y la crítica de las costumbres.

Pero lo más curioso ocurrirá después de sepultadas en el olvido las reglas neoclásicas, pues será después cuando se escriban las mejores tragedias clasicistas: bajo el romanticismo (que, recordemos, exalta la libertad del autor) y aun bajo el realismo (que se centra en los temas burgueses contemporáneos), algunos autores, por afán de erudición principalmente, volverán la vista a las famosas reglas de griegos, romanos y franceses; y así Ventura de la Vega compondrá La muerte de César (que supera con creces a la obra homónima de Voltaire, quien había acomodado a su vez la obra homónima de Shakespeare a los gustos neoclásicos); José Zorrilla, La copa de marfil (que, según algunos críticos, es tan buena como La Raquel, lo que no deja de ser paradójico, pues Zorrilla es el autor de Don Juan Tenorio, el drama romántico por excelencia) y Manuel Tamayo y Baus, la monumental Virginia (otra paradoja, al ser Tamayo y Baus uno de los más claros representantes de la alta comedia realista).



viernes, 23 de junio de 2023

«ALEJANDRO MAGNO»… ¿O NO?


«Alejandro Magno» de Racine, ¿debería titularse «Poros»?


Alejandro Magno es el título de la segunda tragedia del escritor francés Jean Racine (1639 - 1699) y, a diferencia de la primera (La Tebaida, de cuyo argumento ya hemos tratado en este blog), obtuvo un éxito notable. La obra trata de la guerra del caudillo macedonio contra el indio Poros, y le añade unos amores —inventados— con una princesa de aquellas tierras.

Ni que decir tiene que la tragedia también recibió críticas, a las que el propio Racine se refirió en los prólogos. Una de ellas, a cuya refutación dedica bastantes líneas, es que las cualidades guerreras y humanas de Poros superan a las de Alejandro. Así algunos críticos hasta habían afirmado que la tragedia debería titularse Poros en vez de Alejandro Magno (algo similar, si hacemos memoria, a lo que ocurre con quienes aseveran que Julio César de Shakespeare debería titularse Bruto).

Y es que a los críticos del tragediógrafo francés no les faltaba razón. Si alguien lee la obra hoy, sin haber mirado previamente los prólogos ni nada concerniente a sus circunstancias, notará que hay algo extraño en la relación entre el macedonio y el indio, que no se sabe muy bien quién es el protagonista… Y ello quizás traiga cuenta del propio argumento de la obra. La vida de Alejandro Magno es muy compleja, consta de muchos episodios y resulta imposible encerrarla dentro de las tres unidades clásicas (recordemos que Racine es el ejemplo de perfecto neoclasicista).

Sería algo así como atrapar la historia de Hércules en un único lugar y en unas pocas horas.

Pero, siguiendo con el ejemplo de Hércules, recordemos que Séneca le dedicó dos tragedias: Hércules loco y Hércules en el Eta. Divide su vida en episodios. Tal vez si Racine hubiera seguido al filósofo hispanorromano y, en consecuencia, titulado su pieza Alejandro en la India, habría conseguido distraer la atención de los críticos, ya que así la campaña en aquel país parecería la verdadera protagonista, y no el propio Alejandro.

Valga esto como ejemplo de que el título que se le pone a una obra literaria sí importa, no es algo meramente accesorio.



lunes, 12 de diciembre de 2022

DE NEOCLASICISMO Y PAREADOS

 

Hay tragedias neoclásicas españolas que se escribieron en endecasílabos pareados.


Las grandes tragedias francesas del neoclasicismo se escribieron en verso, en pareados alejandrinos. Una idea de cómo sonaría esto en la lengua española se puede formar leyendo la traducción de Princivalle del Tartufo de Molière.

Sin embargo, las tragedias españolas de ese mismo período (y las traducciones de las francesas) se escribieron en romance heroico (Alí-Bek, de María Rosa de Gálvez; Británico, Tomás Sebastían y Latre) o normal (Andrómaca, obra de una dama anónima).

A este respecto llaman la atención las obras de José Cadalso: Don Sancho García, conde de Castilla y Solaya o los circasianos, escritas en pareados endecasílabos.

Como todo aficionado a la poesía sabe, el hemistiquio en los versos de más de once sílabas es una especie de pausa. En realidad, el verso se divide en dos partes. En el caso de la traducción de Princivalle:


«Todos me consideran / como persona honrada,

pero la verdad pura / es que no valgo nada».


Es como si se pusiera:


«Todos me consideran

como persona honrada,

pero la verdad pura

es que no valgo nada».


Sin embargo, en los versos endecasílabos no hay tal pausa:


«¡Oh, terrible amenaza, tente, espera...!

¿Qué dirá este papel? ¡Suerte severa!

¡Qué susto da su vista! ¡Y qué tormento,

al leerle, temblando experimento!

Parece que una mano oculta y fuerte

(¡oh funesto papel!) me quita el leerte.

Leeré para salir de mis recelos.

¿Qué densa nube se interpone, ¡oh cielos!,

entre mi débil vista y tus renglones?

Salgamos con valor de confusiones;

bebamos de una vez todo el veneno

con firme labio y corazón sereno.

No tiembles, mano, vista no te alteres;

porque vea Almanzor que las mujeres

no tienen menos brío que los hombres.

Atiende, corazón, y no te asombres.

Mas ¿cielo, qué he leído? ¿Si me engaño?

Si grande fue el temor, mayor el daño.

¡Oh bárbaro Almanzor, indigno amante!,

¿qué daño has de temer de un tierno infante?

¿Del ídolo de amor, deidad demente,

será mi hijo víctima inocente?

¿Aceptarás mi mano ensangrentada

en el seno filial, ¡ay Dios!, manchada?».


Tras más de mil versos así, el efecto que se produce en el lector o espectador es, cuanto menos, curioso.



Bibliografía


MOLIÈRE. Tartufo/ Don Juan o El convidado de piedra. Traducción de Carlos M. Princivalle. Madrid. Espasa-Calpe, 1975.

JUAN RACINE. Británico. Tragedia. Traducida en prosa castellana por don Saturio Iguren y puesta en verso por don Tomás Sebastián y Latre. Zaragoza, imprenta de Francisco Moreno, 1764.

UNA DAMA DE ESTA CORTE. Poesía varias, sagradas, morales, y profanas o amorosas con dos poemas épicos en elogio del capitán general D. Pedro Cevallos. Madrid, imprenta real, 1789.

JOSÉ CADALSO. Don Sancho García conde de Castilla. Madrid, imprenta de Isidoro de Hernández Pacheco, 1785.

MARÍA ROSA DE GÁLVEZ. Alí-Bek, tragedia original en cinco actos. Madrid, en la oficina de Benito García y compañía, 1801.