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miércoles, 14 de octubre de 2026

EL DIARIO DEL ESCRITOR


Que el escritor lleve un diario de trabajo tiene aspectos positivos y negativos.


¿Tiene sentido que el escritor lleve un diario donde registre día a día, religiosamente, cómo se va desenvolviendo su obra, desde la idea inicial hasta que esta se convierte en libro publicable? A primera vista, parece útil: ayuda a ordenar los pensamientos, evita pérdidas de material creativo y permite reflexionar de manera profunda sobre lo que se está componiendo. Sin embargo, también implica el riesgo de primar el examen que se hace en dicho diario frente a lo que espontáneamente se escribe.

Porque, aunque hay que reconocer que el uso de esquemas y notas es no solo habitual para el literato, sino aconsejable, pues ayudan a estructurar el material, no se puede negar que un diario tiene una naturaleza distinta: no es un simple instrumento de apoyo (provisional, por tanto); pretende registrar cada paso, cada vacilación, cada cambio, cada fracaso, según se van produciendo, con lo que puede acabar convirtiéndose en una especie de obra paralela que, ¿por qué no?, llegue a competir en la mente del autor con la propia obra literaria. Y, aun cuando no ocurra esto, lo que sí que ocurrirá es que tarde o temprano se planteará la duda de qué valor hay que darle al diario de marras. A lo que se responderá, lógicamente, que puede servir para entender lo que el escritor quiso hacer y lo que logró o no logró. Lo cual planteará, a su vez, otra pregunta: «¿Debe la intención del autor tener un peso determinante en la interpretación de la obra?». O, dicho de otra manera: «¿Debe la intención del autor primar respecto del resultado y, por tanto, respecto de la interpretación del lector?». Si es así, entonces, el diario del escritor se parece curiosamente a los trabajos preparatorios de las leyes, a los que los juristas desde siempre les han dado enorme importancia para interpretar el sentido de un texto cuando este es ambiguo. Sin embargo, «tanto va de Pedro a Pedro», como proclama el refrán, pues, aunque las leyes son también obras escritas, las obras literarias no están destinadas a ser aplicadas a casos concretos, y las dudas sobre lo que quería o no decir el pasaje de una novela o de un drama no tienen consecuencias (al menos, prácticas) en la vida de la comunidad. Así que, al convertir el diario del escritor en la clave interpretativa por excelencia, parece que administrativizamos innecesariamente las obras literarias, dando a entender que necesitan de una especie de expediente o trabajo de investigación para ser comprendidas de forma plena.

Pero quizás nos estamos yendo por las ramas. Quizás lo que pasa con los diarios de los escritores es simplemente que hoy tendemos a sobrevalorar eso que se llama «proceso creativo» (lo que el autor experimenta según va escribiendo) frente al resultado final, a diferencia de la tradición literaria clásica; pues, si lo pensamos un momento, nos percataremos de que los grandes escritores no nos dejaron diarios, sino obras terminadas que leemos y releemos sin necesidad de justificación externa. Y es que quizás la literatura no necesite tanto el relato de cómo se escribe, sino simplemente lo escrito.



miércoles, 15 de enero de 2025

¿QUÉ SON LOS ESCRITORES CLÁSICOS?


¿Cuál es la diferencia entre un escritor clásico y un escritor de circunstancias?

Además de escritores de brújula y de mapa, siempre te han dicho que hay otras dos clases de escritores: los que se centran en hablar sobre la sociedad del tiempo que les ha tocado vivir, con sus peculiares conflictos e inquietudes —los escritores de circunstancias—; y otros que lo que buscan es mostrar el alma humana, por lo que, en teoría, tratan temas universales y eternos —los escritores clásicos—.

A los primeros, por lo general, no se los tiene en buena estima, ya que se considera que, una vez pasadas las circunstancias históricas que determinaron su quehacer literario, sus obras pierden interés y, lo que es peor, se vuelven en su mayor parte ininteligibles (al tratar de personajes e instituciones que ya no existen), por lo que se convierten en piezas de museo, dignas solamente de la atención de los curiosos o de los estudiosos.

Y, si te paras a pensar, caerás en la cuenta de que ni siquiera han de transcurrir decenios o siglos para que ocurra esto: cuando la obra de circunstancias versa sobre política, bastan cuatro años —o lo que es lo mismo, unas elecciones— para que cambien de todo en todo los protagonistas y los conflictos.

No obstante, si piensas un poco más, caerás también en la cuenta de que muchas de las obras que hoy en día se consideran clásicas, son, en realidad, obras de circunstancias: las comedias de Aristófanes, por ejemplo, se burlaban de personas e instituciones de su época; y, por seguir con los antiguos griegos, las grandes tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides tenían por finalidad última la veneración de los dioses paganos; el Quijote era una sátira de los libros de caballerías —y tales libros hoy a nadie le interesan—; las comedias y tragedias de la época del Grandeur francés ensalzaban el absolutismo…  Y, si nos acercamos más a nuestro siglo, ¿negará alguien que Charles Dickens, que también se cuenta entre los clásicos, se centraba en disparar contra las desigualdades de la época victoriana? ¿O quién dirá que George Orwell en Rebelión en la granja o 1984 no pretendía criticar un régimen político determinado —que, además, de entonces acá ha caído—?

¿Qué conclusión has de sacar, entonces? Pues que la distinción entre autores de una y otra clase no siempre es fácil de establecer, y que, como suele pasar en el mundo literario, habrás de atender al cómo y no al qué.

Si el autor sabe combinar lo concreto con lo universal haciendo que aquello esté al servicio de esto, podrás decir que tienes ante ti a un autor clásico.     



miércoles, 8 de enero de 2025

NI ESCRITORES NI LECTORES... ¡LECTOAUTORES!


La frontera entre escritor y lector se ha ido borrando por obra y gracia de Internet y las redes sociales.

Hasta hace no tantos años, aun después que se popularizara el uso de Internet, lo más normal era que la gente leyera lo que otros —los escritores— escribían. Esos escritores eran literatos o periodistas y publicaban en papel —y, en época más reciente, de forma digital— para un público que se limitaba a comentar lo que leía con sus allegados o, a lo más, se atrevía a enviar alguna carta al escritor (¿quién no recuerda la sección de cartas al director de los periódicos impresos?). La posibilidad de entablar un diálogo o aun una discusión con el escritor quedaba limitada, por lo general, a otros escritores, que disponían de los medios adecuados para interrelacionarse. A los simples lectores tal cosa les estaba vedada.

Pero, a medida que Internet se ha ido desarrollando y, sobre todo, a medida que las redes sociales se han convertido en parte de nuestra vida, la distancia que separaba al escritor del lector se ha reducido hasta casi desaparecer, porque es cada vez más frecuente que el segundo no se limite a leer al primero en el cibersitio en que escribe, sino que le haga también comentarios más o menos extensos en el espacio allí predispuesto para ello.  Y, si el escritor le responde, se puede entablar entre ambos una larga conversación digital y, si a ambos les da la gana, hasta una discusión…; de suerte que ya somos lo que los anglosajones han dado en llamar wreaders (writters-readers, o lectoautores en español). Y, comoquiera que los algoritmos de esos cibersitios favorecen a quien más interactúa (dándole más visibilidad en el propio cibersitio), animan a interactuar más, con lo que no es de extrañar que las discusiones digitales se vuelvan el pan nuestro de cada día, ni que se difundan informaciones falsas o sin la debida confirmación con la única intención de desencadenar polémicas. Algunos claman contra tales prácticas, pero quizás no sean sino la consecuencia inevitable de haber pasado de escritores y lectores a lectoautores, ya que los progresos y las transformaciones, de cualquier clase que sean, tienen sus consecuencias positivas y negativas (como dice muy bien el refrán castellano, «quien coma la carne que roa el hueso»).



miércoles, 16 de octubre de 2024

UN DOLOR POÉTICAMENTE PROSAICO


A veces el amor se va, pero nos quedan los versos que le escribimos a la persona amada.


Estás releyendo los poemas que le escribiste hace muchos años a una persona a la que querías y que no te correspondió.

Notas, al releerlos, que no sientes nada de lo que sentías entonces. Recuerdas, lógicamente, que te invadía el dolor, pero ya ni siquiera queda —ni, mucho menos, revive— un atisbo de aquel dolor y, por ende, tampoco de aquel afecto.

Por eso no te dices a ti mismo «¡cuánto la quise!», sino «¡qué hermosos versos escribí!». Tu mente de escritor (pues no has parado de escribir en estos diez o quince años que han pasado) ya solo se percata de lo bien que te salieron los versos, de las imágenes que usaste, de la fluidez que conseguiste imprimir a las palabras a pesar de lo rígido de la métrica y de la rima. Te enorgulleces de haber sabido imitar a los modelos que leías en la escuela siendo casi un niño (Garcilaso, Quevedo, Machado, Lorca…).

Con razón Pedro Salinas llamaba al dolor «última forma de amar». Con razón decía que


«[…] mientras yo te sienta,

tú me serás, dolor,

la prueba de otra vida

en que no me dolías.

La gran prueba, a lo lejos,

de que existió, que existe,

de que me quiso, sí,

de que aún la estoy queriendo».


Y tú ahora eres la prueba viva de que, en efecto, es así.



martes, 15 de octubre de 2024

HIMNO A LAS MUSAS COMPUESTO POR LOS AUTORES DE ESTE HUMILDE BLOG


Hoy escribimos un himno a las musas


¡Oh, musas, inspiradoras de los artistas, encended en mí la llama de la creatividad y conducidme por vuestros senderos!

Sed el aliento de mis palabras y la luz de mi imaginación.

Regálame con historias de héroes y dioses, Calíope, de guerras y aventuras, de azar y destino.

Inspírame para contar el pasado de la historia de la humanidad, Clío, los hechos que marcaron a las naciones y a los pueblos.

Llévame hasta los Cielos, Polimnia, desde donde invite a todos a la oración, a la meditación y a la acción de gracias.

Ilumíname con tu conocimiento de las ciencias, Urania, que mis escritos brillen siempre por la lógica y la precisión.

Susúrrame los versos más apasionados, Erató, los que salen del corazón y expresan el amor.

Haz que mi música deleite con las melodías más hermosas y armoniosas, Euterpe, que eleven el espíritu y llenen a todos de alegría.

Que mis sones impulsen a todos los del coro a bailar, Terpsícore, que se muevan con gracia y elegancia.

Recuérdame las penas y los sufrimientos del ser humano, Melpómene, a fin de que la gente llore y se compadezca con mis cantos.

Pero que, a la par, no me olvide de las risas, Talía, ni de la vida en el campo (recuerdo de la mítica Edad Dorada).

¡Oh, hijas de Mnemosina, compañeras del séquito de Apolo, guiad mi arte con toque de gracia y encanto, que mis obras sean dignas de vuestro favor!

 


viernes, 30 de agosto de 2024

SOMOS LO QUE HACEMOS REPETIDAMENTE


El escritor escribe casi por hábito, por lo que no podrá nunca dejar de escribir.


Alguna que otra vez has pensado en dejar de escribir.

No han sido muchas, ciertamente, porque no eres de los que a la primera dificultad se rinde…

Pero es inevitable que te asalte la tentación: te paras a pensar que llevas ya bastantes años escribiendo —te lo notas en las muchas canas que te han salido— y que aún no consideras tu trabajo digno de publicar.

Entonces das en que quizás estás perdiendo el tiempo. Y paras.

Lo curioso es que, poco después de parar, vuelves a ello. Puedes pasar un día entero o dos o tres sin escribir, pero pronto oyes en tu cabeza la frase de Ray Bradbury —o crees que es de Ray Bradbury, porque nunca lo comprobaste—: «Solamente fracasas si dejas de escribir».

Y, al acordarte de esto te acuerdas también de que te decían que la gota de agua, con su constancia, acaba horadando la roca (y te animas, porque siempre te has considerado constante).

No obstante, a veces también te asalta el pensamiento de que quizás, más que constancia, la verdadera razón de que no dejes de escribir es el hábito: te has acostumbrado, desde que eras apenas un adolescente, a escribir en tus ratos libres y a darle vueltas en tu cabeza a versos, a argumentos o a esa parte de la obra que no te acababa de salir bien… ¿Y podrías ahora vivir sin todo eso? ¿Podrías pasar una hora, un día, un mes… o los años que te quedan sin hacer lo que para ti es tan normal?

Mas: ¿podrías leer un libro sin pensar «me gustaría escribir algo semejante»? Dicen que siempre se puede empezar de nuevo y sepultar en olvido el pasado… «Quizás», piensas… Pero te asalta la duda de a qué te dedicarás en adelante. ¿Al deporte acaso, que tanto te aburre?, ¿a salir con amigos y conocidos, cuyas triviales charlas te aburren todavía más?, ¿a los vicios, que los escritores clásicos decían que embrutecían y que no satisfacían las necesidades del alma?

Quizás sea el hábito lo que tira de ti, pero al punto te acuerdas de esta otra frase del gran Aristóteles: «Somos lo que hacemos repetidamente».



sábado, 8 de junio de 2024

LOS MEMES DE SETANTÍ


Los aforismos de Joaquín Setantí se prestan a servir de memes.

Joaquín Setantí (1540-1617) fue militar, filósofo y escritor español, cuya fama se debe principalmente a sus aforismos, que se publicaron en 1614 junto a los de Benedicto Arias Montano. Estos aforismos consisten en conjuntos de dos versos endecasílabos en que se expresa una idea o consejo al lector u oyente; pero, ¡ojo!, no son pareados, porque los versos no tienen ningún tipo de rima.


Por ejemplo:


«Toda la tierra por destierro cuenta

y no serás de vida codicioso ».


Como vemos, en el texto se nos invita a considerar nuestra existencia como un destierro, y el mundo como el lugar de dicho destierro, para que no ambicionemos vivir mucho tiempo más que el que ya hemos vivido.

Y parecido, por el tema, es este otro, en el que, recordando la brevedad de la vida, se exhorta al lector a que, si desea alcanzar fama y poder, no procrastine:


«Si has de llegar a lo más alto, aguija,

porque el camino es camino es largo, el tiempo corto».


Ni que decir tiene que estos breves textos, acompañados de un dibujo apropiado, encajan muy bien en el concepto de meme, que tan de moda se ha puesto a causa de las redes sociales. Así, nosotros mismos hemos publicado en las nuestras unos cuantos, como los que siguen:







Una casual pero, al fin y al cabo, magnífica combinación de lo pasado y de lo presente.