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jueves, 6 de agosto de 2026

VIAJANDO EN EL TIEMPO: DE 1960 A 2002


La máquina del tiempo, de Wells ha sido objeto de varias adaptaciones cinematográficas.

La máquina del tiempo es una novela corta del escritor británico Herbert George Wells (1866 - 1946), novela universalmente conocida por la descripción que hace de la Tierra en el año 802 701, donde la humanidad se ha dividido en dos especies: los Eloi (criaturas gráciles y estúpidas) y los Morlock (feos y caníbales).

Sus principales adaptaciones al cine son El tiempo en sus manos (1960) y La máquina del tiempo (2002). Esta última fue dirigida por un pariente lejano del propio Wells; y, a decir verdad, no es una adaptación de la novela, sino una refundición libre de la película de 1960.


En Internet se pueden encontrar comparaciones entre las películas y de las películas con la novela, por ejemplo

http://vozenoff7.blogspot.com/2012/02/comparativa-el-tiempo-en-sus-manos-1960.html

http://inviernoen1882.blogspot.com/2016/07/la-maquina-del-tiempo-1960-vs-2002-la.html

https://loquenosgustaver.wordpress.com/2018/10/19/versus-la-maquina-del-tiempo/


No vamos aquí a repetir ni a insistir en lo de Vozenoff77, pero nos gustaría mencionar que la novela y la película de 1960 son hijas de su respectiva época: en la novela la división del género humano trae causa de la cuestión social, de las diferencias entre patrones y obreros (tema candente de finales del siglo XIX), mientras que en dicha película, la división se produce por la guerra nuclear (el temor a dicha contienda era grande, basta fijarse en el episodio de los misiles de Cuba de 1962). En la película de 2002 la división recuerda a la de 1960, pero los refugios subterráneos no se ocupan por la guerra, sino porque la luna se cae tras haber construido alegremente colonias en ella…, mensaje quizás vinculado con el abuso de los recursos naturales por parte del hombre. No está claro.

Y sí, en efecto, la película de 1960 es más fiel al texto escrito que la de 2002 menos en dos puntos: los Morlock cazan a los Eloi y no los hipnotizan con alarmas antiaéreas (aunque no los cazan a plena luz del día, como bien señala el blog Vozenoff7) y el idioma de los Eloi no es el inglés (sin embargo, y a diferencia de la novela, el viajero del tiempo no tendrá que esforzarse demasiado para comunicarse con las gráciles criaturas, pues Mara, que ya no se llama Weena, conoce la lengua de Shakespeare).

Por otra parte, la película de 2002 toca un poco el tema de las paradojas temporales, cosa que no se trataba en la novela (y no se trataba porque a Wells lo que le interesaba era la cuestión social y no la ciencia física). No obstante, al modificar considerablemente el principio de la historia, la película no toca la más interesante de todas, que es esta: cuando en el texto, el viajero del tiempo muestra a sus incrédulos amigos el modelo en miniatura de su máquina, ¿por qué no la envía atrás en vez de enviarla hacia adelante? Eso habría convencido a los escépticos…, pero, entonces, habría tenido dos máquinas en miniatura antes de enviar la primera. ¿Y qué habría sucedido si, cuando aparece este segundo prototipo de máquina en el pasado, decide no enviar la que tiene construida?



jueves, 19 de diciembre de 2024

EL GRAN TEATRO DEL MUNDO


El mundo es teatro, lo dicen hasta los sociólogos modernos.

¿Cuántas veces hemos oído que el mundo es teatro? Infinitas, ¿verdad? Lo han dicho filósofos y escritores antiguos de la talla de Platón, Epicteto, Séneca, Petronio… Y, paradójicamente, ha sido también el propio teatro el encargado de recordárnoslo. ¿A quién no le suena que el dramaturgo español Calderón de la Barca compuso un auto sacramental titulado El gran teatro del mundo, en el cual Dios distribuye los papeles a los hombres y estos reciben, una vez acabada la obra, el premio o el castigo atendiendo a la fidelidad con que han representado su papel? Y William Shakespeare, en su comedia Como gustéis, afirma categóricamente: «El mundo entero es un escenario; y todos los hombres y mujeres, meros actores».

Pero, además, hasta la sociología contemporánea reconoce que el mundo es teatro: así, el canadiense Erving Goffman, en su obra La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959) analiza cómo la vida en sociedad implica una actuación constante, ya que cada individuo, al interactuar con los demás, se esfuerza —consciente o inconscientemente— por transmitir una impresión determinada. Y, para percatarnos de que esto es así, no hace falta leer ni a Goffman ni a Shakespeare ni a Calderón; basta que reflexionemos sobre nuestra rutina diaria: sobre cómo nos portamos con los parientes, con los amigos, con los desconocidos con que tropezamos en la calle o en el transporte público, con los que trabajan o estudian en el mismo lugar que nosotros, con las autoridades… y cómo, al final del día, en nuestra soledad última, nos portamos de otra manera totalmente diferente con nosotros mismos. ¿Acaso eso no es ser actor?