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martes, 5 de marzo de 2024

LOS CONSEJOS DE HORACIO


Los tres consejos del romano Horacio para ser buen escritor siguen todavía hoy tan vigentes como en la Antigüedad.


Cuando leíste por primera vez los tres consejos que daba el romano Horario para ser buen escritor, tú ya llevabas tiempo practicándolos: «Escribir poco, leer mucho, amén de borrar mil veces lo escrito». Así lo proclamaba el gran poeta de la Antigüedad; y, si bien se considera, tales consejos son lógicos: hay que hacer poco, para poder concentrarse bien en lo que se hace, y hay que hacerlo despacio y tranquilamente, pues las prisas y el cansancio restan calidad a la labor. Por otra parte, tiene sentido que haya que leer mucho (tanto lo propio, para corregirlo, como lo ajeno, para hallar modelos de los que aprender y, por consiguiente, inspiración). Y, sobre todo —y esto es lo más importante—, hay que pulir lo que se compone; y no una ni dos ni tres veces, sino infinitas más, ya que los errores, las repeticiones, las contradicciones y el prosaísmo son inevitables en el proceso de creación literaria y, hasta que no se eliminan los defectos más gordos, no se ven los más leves. Al fin y al cabo, escribir consiste, salvo en el caso de lo puramente autobiográfico, en contar mentiras (bonitas y engalanadas con buen lenguaje, pero mentiras); y ya se sabe que el que miente incurre en contradicciones, omisiones, imprecisiones, reiteraciones inútiles y demás…         

No debe extrañarte que un romano del siglo I a. C. hubiese acertado a expresar tan bien la receta para ser escritor, ya que a los romanos siempre se les ha presumido, por su gran pragmatismo, el haber conectado de manera especial con la naturaleza de las cosas, hasta el punto de que en algunos períodos históricos posteriores —el Renacimiento y el Neoclasicismo— se considerase que solo era verdadero artista quien se ajustaba a los modelos literarios, escultóricos, pictóricos y arquitectónicos romanos (que, dicho sea de paso, los habían tomado de los griegos), ya que se consideraba que, al ajustarse a tales modelos, el artista se estaba ajustando a la razón. Y por muchísimos siglos el derecho romano (este ya no tomado de los griegos, sino creación original del pueblo del Lacio) se ha considerado el único derecho completo y válido —y era el único derecho positivo que se enseñaba en las universidades—. 



martes, 28 de febrero de 2023

UN CADÁVER NO TAN EXQUISITO

 

El cadáver exquisito no se puede retocar posteriormente.


Hablando sobre Federico García Lorca en el bachillerato, y más concretamente sobre Poeta en Nueva York y sobre el surrealismo, fue cuando la profesora de literatura contó, a los treinta y dos alumnos de tu aula, lo que era un cadáver exquisito.

Consistía en tomar un folio, que el primer alumno escribiera una línea completa y dos palabras en la siguiente, y se lo pasara al segundo alumno, habiendo doblado previamente la parte del folio que contenía su línea para que el segundo no la leyera. Solo leería las dos palabras que quedaban. Había de completar esa línea, escribir en la siguiente otras dos palabras, doblar el folio para que no se viera la línea que había completado entera y pasárselo al tercer alumno.

Así hasta que los treinta y dos escribieran.

A ti te tocaron las palabras «del camino» y las completaste con la frase «porque por este sendero se llega al manantial secreto».

Doblaste la parte de la hoja y en la siguiente línea, que debía leer y completar quien te sucedía, pusiste «y olvidado».

Al final, el folio parecía un abanico o un acordeón.

Cuando el experimento concluyó, la profesora leyó en alto el resultado.

La mayor parte de tus compañeros se lo había tomado a broma y había escrito chabacanerías.

Pero había alguna cosa buena. Algunas imágenes interesantes: «un fuego submarino que arde invisible», «el río que recorre el cielo y muere en tu pecho», «la sombra que me persigue donde no hay sombras»…

Cuando la clase terminó y la profesora iba a abandonar el aula, te acercaste a ella y le dijiste:

—El poema quedaría muy bien si se quitasen tales y tales versos y se mejoraran las conexiones entre esta línea y esta otra. Quedaría digno de Poeta en Nueva York.

Pero, para tu sorpresa, la profesora no te dio la razón.

Más aún: te miró como si le hubieses dicho que en un remoto país llamado Micomicón había un valle en el que llovía hacia arriba.

—Eso sería traicionar el espíritu del cadáver exquisito. Su objetivo es sacar algo que hay en la subconsciencia del grupo que lo elabora, no componer un poema formalmente bello.

Tú, desconcertado, preguntaste:

—¿Y por qué los poemas de Poeta en Nueva York suenan mejor que el nuestro?

—Porque Lorca era un gran poeta y vosotros no.

— ¿Y no será porque, tras escribir automáticamente, revisaba y eliminaba versos?

Lo dijiste al mismo tiempo que señalabas a Micomicón en el mapa.

 


lunes, 5 de diciembre de 2022

LA ETERNA CONTRADICCIÓN


Por más que se corrija una obra literaria, nunca se hallará perfecta la próxima vez que se lea.


Te has puesto a corregir una de tus obras por séptima vez.

Todo iba bien hasta que, en la página XX, has encontrado una contradicción con algo de la página VI.

En la cuarta corrección habías modificado ligeramente el lugar donde transcurría la acción, porque de lo contrario se producían incoherencias con algo que acontecía a partir de la página XV. De estas incoherencias no te habías percatado ni durante la escritura del original ni en la primera corrección ni en la segunda ni en la tercera…

Pero se te olvidó, al hacer esa cuarta modificación, lo de la página VI.

—¿Por qué no me di cuenta de lo que he descubierto hoy en la cuarta corrección o en la quinta o en la sexta? —preguntas—, ¿por qué?

Y la desazón te invade.

—¿Tan mal escritor soy? ¿Estaré encontrando contradicciones e incongruencias todas las veces que corrija esta obra?

Y añades:

—En mis otros escritos también me han acontecido cosas similares. ¿Nunca pasará una corrección sin que no encuentre ni una sola falta?

Según el romano Horacio, había que leer y borrar mil veces, pero los literatos actuales afirman que ha de llegar un momento en que se diga «¡basta!».

Lo sabes, aunque te lamentas de que no se cumpla el refrán «a la tercera va la vencida».