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sábado, 1 de junio de 2024

ÉRASE UNA VEZ... Y, COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO


Hay escritores que nunca acaban las obras que empiezan, pero lo curioso es que hay mucha gente corriente y moliente que tampoco lleva a buen término sus simples asuntos.

En un curso de escritura que hiciste una vez te contaron que ha habido escritores —aspirantes a escritores, por mejor decir— que comenzaron a escribir decenas de obras —decenas, sí, y, además, aparentemente buenas e ingeniosas—, pero que no han terminado ninguna, ya que, extinguida la emoción inicial, no saben cómo seguir. Esto te lo contaban los que impartían el curso para que compusieses siempre tus obras con un plan prefijado: un plan circunstanciado y minucioso, que incluyera todas las escenas y el tema de los diálogos, de modo que el escribir no fuese más que seguir dicho plan.

Y, aunque tenían razón, no podías ocultarte a ti mismo que esa clase de aspirantes a escritores que se lanzan y llenan diez, quince, veinte o cincuenta folios, y después lo dejan al no saber cómo seguir, te inspiran cierta conmiseración, ya que tú también has hecho como ellos en muchas ocasiones. «¡Pero por lo menos escriben algo! —piensas—. ¡Hay otros que dicen que abrigan proyectos de grandes obras, y que nunca escriben ni una línea siquiera!». Eso sí, lo que no puedes negar es que el resultado en ambos casos es el mismo: que la obra literaria no llega a nacer siquiera.

Y, pensando en esto, caes en la cuenta de que la misma actitud de esos escritores de empezar las cosas y no terminarlas, o de no empezarlas siquiera, la hallas en otros ámbitos de la vida: la hallabas en la escuela, cuando se formaban grupos para alguna tarea, en los cuales siempre te juntaban con algún compañero que tenía grandes ideas, pero que, por lo irrealizables que eran, no se dedicaba más que a lamentarse de que carecía de tiempo de medios. También has conocido a gente que soñaba con organizar un gran acto, con mucha gente, y que solo tenía planeado cómo citar a los participantes; de manera que, así que estos empezaban a plantear objeciones o a hacer sugerencias, perdía el interés. Y, ejerciendo tu profesión, también has topado con colegas que se pasaban días y días divagando sobre cómo reorganizar el trabajo, pero que eran incapaces de concretar las ideas abstractas que les venían a la mente; y aun has topado con colegas que sí que sabían qué era lo que concretamente querían resolver, pero que nunca se lo decían a los responsables de resolverlo.

Y, pensando en todo esto, te acuerdas también de las palabras de algunos comentaristas del historiador romano Tácito, que se figuraban que los bárbaros eran muy arrojados al principio, pero que pronto su arrojo decaía porque se asemejaban a la nieve —entre la que vivían—, que es muy fría y muy activa por muy poco tiempo. Y piensas que quizás eso es lo que pasa, pura y simplemente: que nos hemos convertido todos o la mayor parte de nosotros en bárbaros.



martes, 5 de marzo de 2024

LOS CONSEJOS DE HORACIO


Los tres consejos del romano Horacio para ser buen escritor siguen todavía hoy tan vigentes como en la Antigüedad.


Cuando leíste por primera vez los tres consejos que daba el romano Horario para ser buen escritor, tú ya llevabas tiempo practicándolos: «Escribir poco, leer mucho, amén de borrar mil veces lo escrito». Así lo proclamaba el gran poeta de la Antigüedad; y, si bien se considera, tales consejos son lógicos: hay que hacer poco, para poder concentrarse bien en lo que se hace, y hay que hacerlo despacio y tranquilamente, pues las prisas y el cansancio restan calidad a la labor. Por otra parte, tiene sentido que haya que leer mucho (tanto lo propio, para corregirlo, como lo ajeno, para hallar modelos de los que aprender y, por consiguiente, inspiración). Y, sobre todo —y esto es lo más importante—, hay que pulir lo que se compone; y no una ni dos ni tres veces, sino infinitas más, ya que los errores, las repeticiones, las contradicciones y el prosaísmo son inevitables en el proceso de creación literaria y, hasta que no se eliminan los defectos más gordos, no se ven los más leves. Al fin y al cabo, escribir consiste, salvo en el caso de lo puramente autobiográfico, en contar mentiras (bonitas y engalanadas con buen lenguaje, pero mentiras); y ya se sabe que el que miente incurre en contradicciones, omisiones, imprecisiones, reiteraciones inútiles y demás…         

No debe extrañarte que un romano del siglo I a. C. hubiese acertado a expresar tan bien la receta para ser escritor, ya que a los romanos siempre se les ha presumido, por su gran pragmatismo, el haber conectado de manera especial con la naturaleza de las cosas, hasta el punto de que en algunos períodos históricos posteriores —el Renacimiento y el Neoclasicismo— se considerase que solo era verdadero artista quien se ajustaba a los modelos literarios, escultóricos, pictóricos y arquitectónicos romanos (que, dicho sea de paso, los habían tomado de los griegos), ya que se consideraba que, al ajustarse a tales modelos, el artista se estaba ajustando a la razón. Y por muchísimos siglos el derecho romano (este ya no tomado de los griegos, sino creación original del pueblo del Lacio) se ha considerado el único derecho completo y válido —y era el único derecho positivo que se enseñaba en las universidades—. 



domingo, 28 de enero de 2024

LA SEGUNDA MUERTE DE HOMERO Y DE PLATÓN


Con la caída de Constantinopla, el idioma griego decae, hasta volverse ininteligible para los griegos de hoy en día.


El 29 de mayo de 1453 la ciudad de Constantinopla cayó en manos de los turcos otomanos, y con ella cayeron los restos de lo que había sido el Imperio romano de Oriente (también conocido como Imperio bizantino), que de abarcar mil años antes toda la península balcánica y la mayor parte del Oriente Próximo había quedado, al final, reducido a su capital y a unos pocos territorios cercanos.

A pesar de la resistencia de los bizantinos, los turcos, que los superaban notablemente en número y armas, tomaron la manzana de oro, que era como llamaban a la que en su día había sido la segunda Roma. El último emperador de los romanos —este seguía siendo su título—, Constantino XI Paleólogo (que, por paradojas de la historia, se llamaba igual que el fundador de la ciudad), consciente de que no había nada que hacer, decidió no rendirse y, por tanto, morir luchando junto a sus compatriotas. Desaparecido en el fragor del combate, parece que su cadáver fue reconocido gracias al calzado: a los chapines de color púrpura que llevaba —símbolo de su autoridad imperial—; si bien la gran confusión que siempre ha reinado sobre su fin favoreció que el pueblo, que lo consideró un héroe, forjara la leyenda de que, en realidad, no había muerto, sino que un ángel lo había convertido en estatua de piedra y que tarde o temprano volvería a la vida para recuperar a Constantinopla.

Una de las cosas más curiosas del Imperio romano de Oriente es que durante el milenio largo de su existencia se había acabado transformando en un imperio esencialmente griego. El latín, que era la lengua oficial de los romanos —y de todo el vasto territorio que habían conquistado— fue sustituido en aquellas regiones orientales por el griego, que siempre se había usado allí más, por lo que se volvió el continuador de la civilización griega: la de la Grecia antigua que siempre nos han pintado y que representan nombres como Homero, Hesíodo, Platón, Aristóteles, Aristófanes, Esquilo, Sófocles, Eurípides…, cuyos textos el Imperio bizantino guardó, conservó y transmitió a Occidente. Además, por el peso de la gran tradición cultural de la antigua Grecia, el idioma griego se conservó con enorme pureza durante todo ese tiempo. 

Pero ni que decir tiene que, según se iba perdiendo tierra (primero ante los árabes y, al final, ante los turcos), la lengua vino a menos, al ser cada vez menos usada en los diversos ramos de la Administración; y donde se mantuvo fue dejando de parecerse a la de la Antigüedad. Por tal manera, cuando Grecia consigue librarse del dominio turco a principios del siglo XIX, los patriotas se ven obligados a reinventar artificialmente su idioma (e imponer lo que ellos llamaban katharévousa: ‘lengua depurada’) para que se asemejase lo más posible a aquel otro griego, y que, como difería tantísimo del griego popular, desencadenó un conflicto social que duró casi siglo y medio (la «cuestión lingüística griega»), hasta 1976, año en que el griego popular venció para siempre a la arcaizante katharévousa. Y, cuando esto ocurrió, formalmente (porque, como hemos dicho, ya había ocurrido, en realidad, mucho antes) los griegos dejaron de entender aquel otro griego que era el que los estudiantes de Humanidades de todo el mundo aprendíamos (y que seguía siendo por ello, en cierto modo, una lengua universal) y Grecia dejó de ser, por tanto, aquella misma Grecia de togas que nos pintaban en los cuadros, esculturas y películas cinematográficas, y que a buen seguro no habría dejado de ser si no hubiera desaparecido del todo el Imperio romano de Oriente.

Cuando cayó Constantinopla, Eneas Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II, dijo: «Esta es la segunda muerte de Homero y también la de Platón». ¿A alguien le cabe duda?