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lunes, 4 de noviembre de 2024

¿QUÉ ES UN DRAMATURGISTA?

 

El dramaturgista es un asesor tanto del dramaturgo como del director.

A buen seguro que el profano que oiga por primera vez la voz dramaturgista pensará que es otro anglicismo que se nos ha colado en casa, ya que en inglés dramaturgo se dice dramaturgist.

Y, en efecto, es un anglicismo, pero de los que se consideran necesarios: designa a una nueva figura del mundo teatral, distinta de la del dramaturgo y de la del director, pero que complementa y asesora a ambas. Su origen se halla en la Alemania del siglo XVIII, y concretamente en la obra Dramaturgia de Hamburgo, del escritor Gotold Ephraim Lessing, en la que se teoriza sobre esta figura. Posteriormente, a causa del peso que tuvieron la filosofía y la ciencia alemana en los siglos XIX y XX, se extendió por otras partes del mundo. 

A diferencia del dramaturgo, que compone el texto teatral, el dramaturgista se dedica a asesorar al dramaturgo sobre algunos aspectos de la escritura y leer el resultado (lo que puede llevar a proponer también cambios). Y, respecto del director, lo ayuda a seleccionar las obras que convendría representar y asiste a algunos ensayos para tomar notas y hacer observaciones. Es, como se dice a veces, un puente entre la teoría y la práctica escénica: una figura intermedia entre dramaturgo y director: una especie de asesor de ambos, lo que hace que sus funciones pequen quizás de amplias o genéricas, pero que no lleguen a confundirse con las de los otros.



miércoles, 30 de octubre de 2024

LAS OLVIDADAS ACOTACIONES


Las acotaciones no se estiman nada, pero hubo un tiempo en que no se ponían.

Para un dramaturgo lo difícil es escribir los diálogos. Por el contrario, las acotaciones la mayor parte de las veces no le cuestan ni el más mínimo esfuerzo, porque casi todas son de la misma clase: fulanito se va, alza la voz, baja la voz, habla aparte, se calla, sale, entra, mira hacia tal sitio, mira con rabia… Apenas unas palabras bastan para expresar lo que el texto dice que hacen o sienten los personajes (y que en una novela, por lo general, ocuparía varias líneas o un párrafo entero).

Sin embargo, y a pesar de esa brevedad, estamos tan acostumbrados a ver las acotaciones en las obras de teatro que nos produciría perplejidad encontrarnos con una obra que no tuviera ninguna. Y, siendo esto así, ¡qué cara pondremos cuando nos enteremos de que no una sola, sino cientos de obras, carecen de acotaciones!

Nos referimos a las comedias, dramas y tragedias que se compusieron en Italia y Francia durante los siglos XV y XVI, principalmente. Dichas obras imitaban las de los autores griegos, las cuales carecían de acotaciones y solamente marcaban la entrada y salida de personajes haciendo constar dentro de cada acto cada escena, seguida del número de esta y de los nombres de los que hablaban en ella. No había, por tanto, indicación alguna de si el personaje callaba, gritaba o se movía; y tampoco de si el escenario cambiaba. Todo debía deducirse de los diálogos.

Mas ¿por qué el teatro que escribían los griegos carecían de acotaciones? Los pergaminos que nos han llegado, en efecto, carecen de ellas, pero los originales sí las tenían, aunque no de la manera que hoy estamos acostumbrados a verlas. Lo que ocurría era que el diálogo se ponía en un texto y los movimientos y la música en otros y que, con el paso del tiempo, como lo más interesante eran los diálogos, lo demás se fue dejando de copiar y, por tanto, se perdió.

Y, como lo que se recibió de los griegos —y de los romanos, que los imitaron— en la Edad Moderna eran obras formadas por diálogos sin acotaciones, los que querían escribir como los antiguos —y parecer, por tanto, cultos— lo que hacían era, lógicamente, escribir diálogos sin acotaciones. 

 


domingo, 16 de abril de 2023

¿POR QUÉ LA ÓPERA?


La ópera y el teatro, en el fondo, son iguales, pero a la hora de la representación, se cuida más la operística.

¿Te has percatado de que parece que las óperas se representan con mucho más cuidado que los dramas y comedias? Los actores —los que cantan— y aun los meros extras salen a escena con vestidos fastuosos, y los escenarios imitan castillos, palacios, calles y plazas también de manera fastuosa. Al contemplar una de estas obras, tienes la impresión de que te hallas en un hermoso sueño o en una especie de cuento de hadas porque hasta el pormenor más insignificante se ha cuidado con esmero.

¿Y te has percatado de que en el teatro «normal» no pasa lo mismo? Ni los vestidos ni los escenarios son grandiosos… Y no son pocas las veces en que se prescinde de ambos elementos y se ofrece una representación «desnuda», cosa que se hace hasta al poner en las tablas obras que en su época se idearon con gran aparato escénico. Todo se representa con gran austeridad: lo que estaba pensado para ser austero y lo que no.

¿Y de qué puede traer causa esto? Sin duda alguna, de que la ópera se percibe, ya desde sus comienzos allá por el siglo XVII, como un espectáculo dirigido a la flor y nata de la sociedad, esto es, a personas que tienen dinero y a las que, por regla general, les gusta el lujo: personas que van a pagar por ver algo digno de su alcurnia. El teatro, por el contrario, siempre ha tenido dos vertientes: la cortesana y la popular; y, con el paso del tiempo, ha sido esta segunda la que ha «triunfado», por decirlo así, lo que mueve a identificar teatro con pueblo llano, con sencillez y —lo que quizá sea más importante— con precios bajos. Y ya se sabe que los precios bajos suelen implicar costes de producción bajos.

¿Y te has preguntado si es justo que esto siga así? ¿No crees que el teatro también debería intentar transmitir fastuosidad cuando la obra dramática lo pidiese?

Al fin y al cabo, si prescindimos de que en la ópera se canta y se baila y de que en el teatro se declama, en los demás aspectos son iguales, y podrían tratarse también con igualdad.