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jueves, 17 de septiembre de 2026

¿CUÁL SERÁ EL GÉNERO LITERARIO POR EXCELENCIA EN LO FUTURO?


Si la novela es el género literario de nuestro tiempo, ¿el microcuento lo será de lo futuro?


Dizque cada época histórica tiene su género literario preferido, y que hoy lo sea la novela no es, ni mucho menos, casual: su auge está estrechamente ligado a la Reforma protestante, que defendía que cada creyente pudiera leer la Biblia por sí mismo; con lo que se favoreció la alfabetización del pueblo y, a la par, una mayor intimidad de la experiencia religiosa. En lo literario, esto significó no solo que se restase importancia a la tradición oral (que había convertido al teatro y a la poesía cantada o recitada en los géneros dominantes), sino también que se generalizase un tipo de lector que hasta entonces no era frecuente: el individuo que, en solitario, podía entregarse durante horas y horas a la lectura de extensos relatos.

Curiosamente, lo mismo que favoreció el auge de la novela parece estar causando su declive: las implicaciones económicas de la ética protestante han desembocado en la obsesión por la productividad y, en consecuencia, en el consumismo atroz, lo que se ve en todos los campos, incluidos el científico y el artístico. Así hemos acabado atrapados en un círculo vicioso: queremos consumir todo lo que se produce, pero apenas disponemos de tiempo, por lo que en este mundo tan frenético dedicar semanas a una novela de mil páginas empieza a convertirse en rara avis.

Y es en estas circunstancias en las que el microcuento surge como «un arma cargada de futuro», por parafrasear a Gabriel Celaya; pues, si la novela reflejaba una forma de vida que el siglo XXI está relegando al olvido, el microcuento se funda en la lógica de la inmediatez y de la atención fragmentaria. Es un género literario para ser leído a ratos: un poco en el autobús de camino al trabajo, un poco en un descanso durante el trabajo, un poco en otro descanso más tarde…, sin que las pausas signifiquen la pérdida del hilo conductor de la historia que se está leyendo. Podría hasta considerarse la transposición del mundo de las redes sociales, con sus vídeos cortos y memes, al mundo de la literatura: piezas rápidas, intensas y que buscan atraer al público de forma instantánea, pero con una clara contrapartida: su fugacidad.



jueves, 6 de agosto de 2026

VIAJANDO EN EL TIEMPO: DE 1960 A 2002


La máquina del tiempo, de Wells ha sido objeto de varias adaptaciones cinematográficas.

La máquina del tiempo es una novela corta del escritor británico Herbert George Wells (1866 - 1946), novela universalmente conocida por la descripción que hace de la Tierra en el año 802 701, donde la humanidad se ha dividido en dos especies: los Eloi (criaturas gráciles y estúpidas) y los Morlock (feos y caníbales).

Sus principales adaptaciones al cine son El tiempo en sus manos (1960) y La máquina del tiempo (2002). Esta última fue dirigida por un pariente lejano del propio Wells; y, a decir verdad, no es una adaptación de la novela, sino una refundición libre de la película de 1960.


En Internet se pueden encontrar comparaciones entre las películas y de las películas con la novela, por ejemplo

http://vozenoff7.blogspot.com/2012/02/comparativa-el-tiempo-en-sus-manos-1960.html

http://inviernoen1882.blogspot.com/2016/07/la-maquina-del-tiempo-1960-vs-2002-la.html

https://loquenosgustaver.wordpress.com/2018/10/19/versus-la-maquina-del-tiempo/


No vamos aquí a repetir ni a insistir en lo de Vozenoff77, pero nos gustaría mencionar que la novela y la película de 1960 son hijas de su respectiva época: en la novela la división del género humano trae causa de la cuestión social, de las diferencias entre patrones y obreros (tema candente de finales del siglo XIX), mientras que en dicha película, la división se produce por la guerra nuclear (el temor a dicha contienda era grande, basta fijarse en el episodio de los misiles de Cuba de 1962). En la película de 2002 la división recuerda a la de 1960, pero los refugios subterráneos no se ocupan por la guerra, sino porque la luna se cae tras haber construido alegremente colonias en ella…, mensaje quizás vinculado con el abuso de los recursos naturales por parte del hombre. No está claro.

Y sí, en efecto, la película de 1960 es más fiel al texto escrito que la de 2002 menos en dos puntos: los Morlock cazan a los Eloi y no los hipnotizan con alarmas antiaéreas (aunque no los cazan a plena luz del día, como bien señala el blog Vozenoff7) y el idioma de los Eloi no es el inglés (sin embargo, y a diferencia de la novela, el viajero del tiempo no tendrá que esforzarse demasiado para comunicarse con las gráciles criaturas, pues Mara, que ya no se llama Weena, conoce la lengua de Shakespeare).

Por otra parte, la película de 2002 toca un poco el tema de las paradojas temporales, cosa que no se trataba en la novela (y no se trataba porque a Wells lo que le interesaba era la cuestión social y no la ciencia física). No obstante, al modificar considerablemente el principio de la historia, la película no toca la más interesante de todas, que es esta: cuando en el texto, el viajero del tiempo muestra a sus incrédulos amigos el modelo en miniatura de su máquina, ¿por qué no la envía atrás en vez de enviarla hacia adelante? Eso habría convencido a los escépticos…, pero, entonces, habría tenido dos máquinas en miniatura antes de enviar la primera. ¿Y qué habría sucedido si, cuando aparece este segundo prototipo de máquina en el pasado, decide no enviar la que tiene construida?



viernes, 23 de agosto de 2024

¿ESCRIBIR TEATRO ES COMO ESCRIBIR UN CUENTO?


Semejanzas entre el teatro y el cuento, y diferencias respecto de la novela

A algunos les hemos oído que es más fácil escribir una novela que una obra de teatro. Según dicen, la obra teatral se asemeja más a un cuento, en el que hay que ser breve y condensar la historia para sorprender al lector…, lo que no ocurre en la novela, que, por su extensión, permite que tanto la historia como el efecto que busca producir se demoren y se dosifiquen.

Aunque a primera vista tal afirmación puede parecer acertada, en el fondo resulta más que discutible: que las obras teatrales sean, por lo general, breves (de una, dos o, como mucho, tres horas de duración) no significa que todas las obras teatrales sean necesariamente breves —como sí que lo son todos los cuentos—. Más: la brevedad de la mayor parte de las obras de teatro no trae sino causa de la influencia del teatro grecolatino, en el que la duración de la representación estaba fijada en algo más de una hora, pues versaba, como asienta Aristóteles en su Poética, sobre hechos que, en la realidad, ocurrirían en un día y en lugares poco alejados entre sí; y que, aunque hace ya siglos que se haya roto con los convencionalismos aristotélicos, este todavía perdura. Es cierto que suele objetarse que la brevedad no es un residuo aristotélico, sino una necesidad para facilitar la representación, pero olvidan quienes esto alegan que la gran duración de una obra dramática no constituye un obstáculo insalvable para su representación. Ahí están los famosos Misterios medievales, con decenas de miles de versos, cuya representación duraba varios días, como si primitivas series televisivas fueran. Y ahí están obras tan recientes como Gatz (adaptación de la novela El gran Gatsby), de la compañía estadounidense Elevator Repair Services, que dura cerca de seis horas.

Por otra parte, tampoco la condensación parece una característica esencial del género dramático. Antes al contrario, si bien se examina, parece más propia de la novela y del cuento que del teatro, ya que en aquellos el autor puede evitar todo lo que se le antoje de escaso interés, despachándolo con breves líneas, para centrarse en lo que sí que le parezca digno de contarse, no se puede hacer lo mismo —o no en la misma medida—, en la obra dramática, en la que es fuerza que los diálogos sean largos y que se pase de un asunto a otro con cierta continuidad; y, aunque modernamente el uso de focos y oscuros y la introducción de narradores puede ayudar a obviar algunas de estas dificultades, nunca se podrá hacer como en el género narrativo, ya que la obra dramática resultaría, en tal caso, excesivamente fragmentaria y, por tanto, menos atractiva.



viernes, 3 de noviembre de 2023

LO LITERARIO DE REFLEXIONAR SOBRE LA LITERATURA

 

Escribir sobre la literatura o sobre una obra literaria puede convertirse en literatura si se emplean imágenes o giros propios de los escritores y no de los meros críticos.


La literatura no solo se produce al escribir novelas, dramas o poemas.

También un artículo publicado en un periódico —o actualmente en una ciberpágina o en un blog— que trate de literatura en general o de alguna obra en particular se puede convertir en un texto literario.

¿A quién no le suenan frases como estas?: «Los personajes que ha creado fulano en tal o cual libro son reflejo de las pasiones humanas más arraigadas y vehementes. El dolor lo permea todo y la tristeza se siente —casi se palpa— en el ambiente, y el lector no puede evitar que ese dolor lo invada»; «pocos escritores como mengano pueden jactarse de forjar metáforas tan acertadas, tan potentes, tan vívidas» o «zutano lleva la escritura a un nuevo ámbito, en el que se mezcla lo personal, lo espiritual y lo social».

¿No estamos componiendo poesía en prosa cuando decimos tales cosas? La reflexión sobre el fruto de la escritura, las técnicas narrativas, los artificios estilísticos, las influencias que se notan en la obra y aun sobre el mero acto de escribir se convierte así también en literatura; y ello porque el artículo no será una mera crítica o análisis, sino una creación propia de quien reflexiona, que transmite la emoción y hasta la pasión que le han infundido lo que previamente ha leído. Al hacer tal clase de reflexiones, por tanto, la obra sobre la que tratamos nos habrá servido de inspiradora de una nueva obra —el artículo—, aunque cae de cajón que no de la misma manera que los clásicos grecolatinos a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII, como Fray Luis de León.



jueves, 18 de mayo de 2023

LO LLAMABAN JERRY


Micbael Crichton comete un error en su novela Esfera, al tratar de explicar por qué Harry es el extraterrestre llamado Jerry. En la película se simplifica esto, pero no elimina del todo la contradicción.

Esfera es el título de una novela, dividida en cuatro partes, del escritor estadounidense Michael Crichton (1987) y de la que se hizo una adaptación al cine en el año 1998. Trata de un grupo de científicos que son conducidos a una base submarina porque se ha encontrado una nave (que ha venido, presuntamente, de otro planeta) con una enorme esfera alienígena en su interior. A medida que la historia avanza se descubre que el extraño objeto confiere poderes prodigiosos a los que entran en él. Las diferencias más notables que hay entre el libro y la película se pueden leer en el blog Cine de escritor: «Libro versus Película: “Esfera” (Michael Crichton vs. Barry Levinson)».

Miembros del grupo de científicos son el psicólogo Norman, la bióloga Beth y el matemático Harry. Parte de la novela se centra en la comunicación con un ser extraterrestre procedente de la esfera que se comunica con ellos mediante un código numérico que descifra Harry: proyectando una espiral sobre el teclado de un ordenador, el matemático obtiene que 01 equivale a G; 02, a B; 03, a H; 04, a Y; 05, a T; 06, a F; 07, a V… y así sucesivamente, como se indica en el sitio Everithing2, en el apartado titulado «Hello. How are you? I am fine. What is your name? My name is Jerry».

El nombre del extraterrestre parece ser Jerry (03 30 13 13 04). Sin embargo, en el capítulo titulado «Análisis ulterior» (en la tercera parte del libro), Norman descubre que Harry se ha equivocado al descifrar el código del primer mensaje, y que su nombre real es Harry, de donde concluye que el matemático ha estado generando las respuestas del pretenso extraterrestre gracias al poder de la esfera.

Así y todo, hay una aparente incoherencia en lo que ocurre: Harry no yerra confundiendo todas las H y las A del texto con J y E, solamente cuando se nombra al extraterrestre (03 30 13 13 04). Así, por ejemplo, para decir «hola» el alienígena usa 03 21 25 25 26 (H E L L O, en inglés) y no 09 30 25 25 26 (J A L L O). Por qué pasa esto no se explica directamente en ninguna parte de la novela, aunque un conato podría hallarse en el capítulo de la cuarta parte «Las sombras», donde Norman le expone a Beth sus descubrimientos. Según Norman, cuando comenzaron a comunicarse con el extraterrestre, Harry era reticente a preguntarle el nombre completo porque temía que en la pantalla del ordenador apareciera «Harry» y no «Jerry», lo que implicaría que Harry ya sabía desde el principio que él había sido el creador de aquel ser y que había falsificado adrede el nombre que constaba en el primer mensaje.

Pero esta conclusión topa con un escollo en otro capítulo de la cuarta parte, «0640 horas», donde Beth dice que no ha sido Harry sino Norman el creador de Jerry, y que el nombre completo de Norman es Norman Harrison. Si eso es cierto, ¿cómo consiguió Norman que Harry errara al descifrar el código? La bióloga también insiste en que el psicólogo temía que en la pantalla apareciera el verdadero nombre del extraterrestre, lo que podría hacer suponer al lector que Norman influyó en Harry para que se este último equivocase gracias a los poderes de la esfera, aunque en ningún momento se entra en tales pormenores.

En la película, a pesar de que se elimina lo de que fue Norman quien creó a Jerry, no se menciona lo de que Harry tuviera reticencias a preguntarle el nombre al pretenso extraterrestre, y se hace más difícil que en la novela deducir el porqué del error al descifrar el código numérico.



domingo, 14 de mayo de 2023

EL COMERCIO Y LOS LIBROS


El libro hoy en día es un producto de consumo más, como las hortalizas.

Dicen que en la época que nos ha tocado vivir se publica más que nunca. De cuando en cuando los estudiosos nos recuerdan el enorme número de libros que cada año dan a la luz las editoriales —que están saturadas—: son miles y miles de libros, de toda clase, aunque principalmente novelas y ensayos. Dentro de la novela, la de género es la que se lleva la palma; y en el ámbito ensayístico, es el que trata temas políticos contemporáneos (lo cual no es de extrañar, ya que hoy en día la política lo inunda todo).

A tal extremo llega la saturación que se ha vuelto también un tópico decir que es imposible que alguien se lea todo lo que se publica en España durante un año, ni siquiera lo que se publica de algún género o de un tema determinado.

Y, para comprobar que ambas afirmaciones son ciertas, basta pasearse por cualquier supermercado de cualquier ciudad (no hace falta ir siquiera a uno de Madrid o Barcelona) y observar las mesas y estanterías en las que están puestos a la venta los libros: decenas y decenas, o cientos y cientos…, que, en efecto, nadie que no tenga todo el tiempo libre del mundo podría leer; y los veremos cuidadosamente clasificados, como cualquier mercancía, por géneros (de la misma manera que las hortalizas están con las hortalizas y los postres con los postres), para que el consumidor (en este caso, el lector) no se despiste y escoja fácilmente el libro del género que a él le gusta.  

Todo lo anterior, sin embargo, no se puede predicar del teatro y de la poesía, ya que se publica poco y se lee menos. No son géneros tan comerciales como la novela el ensayo, y se nota.



martes, 14 de marzo de 2023

EL SURREALISMO Y LA ESCRITURA AUTOMÁTICA (II)


La escritura automática es insufrible cuando se usa para escribir todo un libro, ¿o no?


Poníamos en un artículo precedente un ejemplo de escritura automática, propia del movimiento literario conocido como surrealismo. Probablemente, el amable lector se haya sentido inspirado para escribir algo parecido, y probablemente —y seguramente— habrá obtenido un resultado mejor que el de los autores de este blog.

Cuando hay que escribir unas líneas o unos versículos se pueden obtener textos realmente interesantes (se le aplica con mucha propiedad el aforismo de Baltasar Gracián «lo bueno, si breve, dos veces bueno».). Sin embargo, la cosa cambia cuando se llenan páginas y páginas de escritura automática. Dejemos volar nuestra imaginación y fantaseemos con que disponemos de una máquina del tiempo y viajamos a lo pasado, cogemos a don Miguel de Cervantes Saavedra y lo traemos a nuestra época, no sin antes pasearnos por el París del siglo XX, en la época de auge del surrealismo. Fantaseemos con que don Miguel se admira tanto con el movimiento literario que decide reescribir su obra cumbre, y el primer párrafo de El Quijote ya no dice esto:


«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad».

 

Antes al contrario, don Miguel nos compone un texto mucho más amplio, al estilo del que sigue:


«En la Mancha, pero no la de limpiar, porque es un lugar y no algo que cae en la ropa o en el suelo, en la Mancha había un lugar, pero no sé si puedo acordarme, si debo acordarme, si queréis que me acuerde. La Mancha no está en ese lugar (y, por ende, no hay que limpiarla), sino que es un lugar. Y de ese lugar no me acuerdo —o, mejor dicho, no quiero acordarme—… porque, si quisiera acordarme, os lo diría; y, si os lo dijere, lo sabríais. Pues en ese lugar había un hidalgo, recientemente, no ha mucho tiempo. No días, no meses, pero tampoco siglos. No ha mucho tiempo: suponed unos cuantos años. No ha muchos años (¿veinte?, ¿treinta?, ¿cuarenta?). En la Mancha, un lugar y en el lugar, un hidalgo. No un hidalgo con una mancha en algún lugar que no se quitaba con los años. Y en algún lugar de su casa tenía lanza, y un escudo, y un rocín, y un galgo. No eran lo único que tenía, porque, de lo contrario, no sería hidalgo. Tenía también ropa. La lanza estaba en un astillero, y el escudo era una adarga antigua. El rocín y el galgo no eran tan antiguos como el escudo, pues, de lo contrario, ya habrían muerto. El rocín era flaco y el galgo, corredor. Si estuvieran muertos no correrían, pero estarían flacos. Y flacos no se los podría comer…, como comía olla con más vaca que carnero, salpicón por las noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y palominos los domingos. Bueno, sí, flacos sí se los podía comer; aunque, entonces, padecería duelos y quebrantos de hambre. Sin embargo, los duelos y quebrantos son un plato de la Mancha, no una situación anímica. ¡Y tal vez padecía duelos y quebrantos por no poder comer más! Por no poder comer más en la Mancha, y no manchas; aunque, si comía muy deprisa, podría mancharse. Y tal vez alguno pregunte si no sufría los duelos y quebrantos por no vestir mejor. Pues os digo que vestía bastante bien: sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, pantuflos del mismo material y entre semana se ponía vellorí de lo más fino. ¡Ni el caballo ni el galgo se vestían tan bien! Aunque con ello puesto quizás nuestro hidalgo recordara a su lanza y a su escudo, que no estaban hechos de lentejas, pero que, si os golpeara con ellos, podía produciros duelos y quebrantos bastantes. Y, más que sayo, pondríais mortaja (calzas opcionales).

 

»En la casa del lugar que no me acuerdo (¡ya os he pillado, es que no quiero acordarme, porque, si quisiera, me acordaría!) había —junto a la lanza en astillero, la adarga antigua, el rocín flaco y el galgo corredor— una ama, una sobrina y un mozo de campo y plaza. No quiere esto decir que la ama estuviera en el astillero, la sobrina fuera antigua y el mozo montara al rocín cuando era de campo y al galgo cuando era de plaza. Solamente indico que en su casa había más cosas aparte de las ya mencionadas… No, cosas no, personas. ¡Bueno! Las personas también pueden incluirse entre las cosas, ¿o no? El ama con el sayo de velarte, la sobrina con las calzas de velludo, y el mozo de campo y plaza con los pantuflos y el vellorí. Todo esto en la Mancha, no ha mucho tiempo. La ama (yo no la amo) pasaba de los cuarenta años y la sobrina no llegaba a los veinte. Nuestra historia puede que haya acontecido hace veinte o treinta o cuarenta años… ¡No! Cuarenta me parecen muchos. ¿Y cuántos años tenía el mozo? No lo sé; pero, como ensillaba el caballo y manejaba la podadera, no podía ser ni un niño ni un anciano. Para anciano ya teníamos a nuestro hidalgo, y a su adarga, que era antigua (quizás tanto como su lanza). 

 

»El hidalgo andaba alrededor de los cincuenta años (más que la ama a la que yo no amo y menos que la sobrina), pero no fue ese el tiempo que tuvo la mancha en su lugar, porque no había tal mancha. Aunque era de complexión recia, estaba seco (no por falta de agua, sino porque no estaba gordo, aunque la Mancha está bastante seca si lo comparamos con otros puntos de la geografía). Ni el cuerpo ni el rostro tenían demasiada carne (humana, no de rocín, ni de galgo, ni de vaca ni de carnero o de palomino). Madrugaba y cazaba. Le gustaba mucho cazar, pero no siempre que madrugaba cazaba. Y cazaba en la Mancha, no manchas, sino animales. Y el galgo corredor —que es un animal— lo empleaba para cazar (animales), y de fijo que cazaba mucho, pero que no le gustaba madrugar, a diferencia del hidalgo. Y lo que cazaba iría a la olla y al salpicón, junto a la vaca… o no, y estoy suponiendo mucho, y lo comía aparte… O, si solamente cazaba palominos, los comería los domingos. Pero, en este último caso, ¿por qué no criar palominos? Así no tendría que cazarlos.

 

»Llamaban al hidalgo "Quijada" o "Quesada". Lo primero es el hueso en que están encajados los dientes y las muelas, lo segundo es un pastel de queso. ¿Quiénes lo llamaban así? Los autores que han informado del caso. ¿Por qué os lo cuento? Porque parece gracioso. «Quijada» se parece a «quesada» si se escribe como en el Siglo de Oro (quixana), y quizás os figuréis que moviendo las quixadas, los autores que han informado del caso comían muchas quesadas. No acertaría a decíroslo, porque sobre ello no me he informado. De hecho, no he encontrado información; solamente conjeturas verosímiles sobre cómo se llamaba, aunque no es muy importante. Se llamaba "Quijana", que es una mezcla de "quijada" con "quesada", de hueso con queso, de lo duro con lo blando; pero no comáis queso con hueso porque perderéis los dientes y las muelas y acabaréis en la mortaja con calzas (o con vellorí de lo más fino, que no se le parece, pero que puede incluirse en las ropas del difunto). Y lo del nombre o sobrenombre no importa, porque lo importante es la historia que transcurrió hace años en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, pero sin querer faltar a la verdad en la narración. Me acordaré de lo que quiera, siempre que sea cierto».

 

¿Hasta dónde sería capaz de leer el amable lector un libro tres o cuatro veces mayor que El Quijote original, pero compuesto con este estilo?

Para hacerse una idea, puede empezar por la novela Tiempo de silencio, publicada en 1962 por el español Luis Martín Santos.



viernes, 27 de enero de 2023

EL JOVEN POETA

 

Que un poeta ha de producir su gran obra antes de los treinta años es un tópico. No se cumple siempre.

     Uno de los tópicos literarios que suelen oírse es que la poesía es un género esencialmente juvenil, ya que depende de la pasión, el arrojo, la esperanza y la fantasía —todo ello muy propio de los primeros años de la vida del hombre—, a diferencia de la narrativa y el teatro, que requieren del orden y la disciplina que da el paso los años. Por eso suele concluirse que quien no ha escrito un gran poema antes de los treinta años es probable que ya no lo escriba nunca; y, a la inversa, que quien crea que ha escrito una buena novela o un buen drama antes de esa edad, en realidad, no ha escrito algo tan bueno.

     Pero, como ocurre con todos los tópicos, ni aciertan del todo ni fallan tampoco del todo, pues hay casos de poetas que triunfaron muy jóvenes y casos de poetas que brillaron toda su vida.

     Así, por ejemplo, los grandes líricos romanos Tibulo, Catulo y Propercio murieron con poco más de treinta años, dejando tras de sí el conjunto de poesías por el que son universalmente recordados; Baudelaire y Walt Withman empezaron a publicar sus poemarios —Las flores del mal y Hojas de Hierba— con 36 años (que recogían poemas de muchos años antes); Arhur Rimbaud dejó de escribir con 20 años; Gustavo Adolfo Bécquer y Miguel Hernández murieron, al igual que los romanos antes mencionados, con poco más de treinta años; y Pablo Neruda escribió sus Veinte poemas de amor y una canción deseperada, su obra más famosa, con 19 años…

     Por el contrario, otros poetas como Publio Ovidio Nasón, Lope de Vega, Pierre de Ronsard, Antonio Machado y Jorge Luis Borges estuvieron escribiendo grandes obras líricas hasta poco antes de su muerte; y Juan Ramón Jiménez publicó Espacio, el que se considera su mejor poema, con sesenta años (poco más de diez años antes de morir).

     Lo dicho: que lo de que el poeta ha de estar animado por el impulso juvenil es un mero tópico.




lunes, 16 de enero de 2023

EL IMPULSO

 

El escritor a veces siente el impulso creador, pero, por desgracia, se apaga pronto.


Sucedió con motivo de la conversación que tuviste con un amigo con quien te encontraste varios días seguidos.

Llevabas ya cinco años obsesionado con que habías alcanzado la madurez literaria y, por consiguiente, te dedicabas a corregir textos ya escritos en vez de a escribir cosas nuevas. Sin embargo, y sin saber ni cómo ni por qué, aquel amigo te inspiró una obra.

Y no una obra cualquiera. Una obra dialogada, como El abuelo de Pérez-Galdós o La Celestina de Rojas. Fue raro, porque desde tu juventud, en que habías cultivado los tres géneros literarios, te habías dedicado principalmente a la novela.

Empezaste a buscar los viejos textos teatrales de aquella época (en su mayor parte fragmentos que no habían cuajado en un drama completo) y, sin saber cómo, tu mente comenzó a enlazar unos con otros, a idear nuevos trozos, a tejer una historia como hacía años que no tejías.

Comenzaste a escribir como hacía años que no escribías: por la mañana y por la tarde, miles de palabras que casi salían solas. ¡Ya no te acordabas de lo que era escribir así!

Presa de este impulso pasaron una semana, dos, tres, cuatro… Sin embargo, a mediados del segundo mes el impulso comenzó a decaer.

Leíste algunos libros para recuperarlo. Las ideas ya no se convertían en palabras tan bien como antes, pero aguantaste hasta la octava semana.

Sin embargo, pasados los dos meses te diste cuenta de que habías cometido una contradicción muy gorda (como las de tantas obras que has escrito) y debías reestructurar una parte de la historia.

¡Y aquí sí que se acabó el impulso! Cada día que pasaba escribías menos palabras y menos te satisfacía. En una semana dejaste de escribir.

 

***

Han pasado ocho meses desde la conversación con tu amigo y dos y medio desde que abandonaste la pluma.

Escribiste como tres cuartos de la obra. Ocasionalmente, tienes ideas para lo que falta; pero no eres capaz de escribirlas: no son de la calidad de las que venían entonces.

Suspiras por aquel impulso, deseando que vuelva.

¿Habrán de pasar otros cinco años?



lunes, 2 de enero de 2023

EL EXTRAÑO CASO DE MAIGRET Y EL ESCRITOR SIMENON

 

Georges Simenon creó al comisario Jules Maigret y lo dotó de una personalidad totalmente distinta de la del propio Simenon.


El escritor belga Georges Simenon, de quien ya hemos hablado en este blog alguna vez, dijo, cuando decidió dejar de escribir, que durante cuarenta y cinco años había vivido en la piel de sus personajes y que deseaba ya vivir su propia vida.

Pero, si bien se considera, quizás era al revés: quizás los personajes vivían en la piel de Simenon, ya que casi todos tenían un estilo de vida similar al de su creador, salvo el más famoso: el comisario Jules Maigret.

Así, a diferencia de Simenon, que —según él mismo confesó— tuvo más de diez mil amantes, el comisario Maigret era un individuo de moral intachable: en su vida no había más que una mujer, su esposa Louise Léonard, a la que era siempre fiel. Ello no obstante, una especie de maldición pesaba sobre el comisario: el no haber tenido hijos (a diferencia de los cuatro que tuvo Simenon). La entrañable Louise solamente había dado a luz una niña, que murió cuando todavía era muy pequeña. En la novela La agitada Navidad de Maigret, se puede ver cómo Maigret y, sobre todo, su esposa le dan a Collette, la niña protagonista, todo el amor que no le habían podido dar a su desaparecida hijita. Por paradojas de la vida, el propio Simenon experimentó algo similar tiempo después, ya que su hija Marie-Jo se suicidó con solo 25 años.

Otra circunstancia curiosa que a muchos se les pasa por alto cuando se acuerdan de Simenon y de Maigret es que ambos coincidían en la costumbre de fumar en pipa.

Las relaciones entre los dos son, sin duda, muy interesantes. Hasta los podríamos comparar con los famosos Jekyll y Mr. Hyde, de la novela de Stevenson, pues el doctor Jekyll de la novela de Stevenson creó al señor Hyde con una pócima; y Maigret, en cierta forma, también creó a su propio monstruo, a Simenon, con el pensamiento… Perdón, fue Georges Simenon quien creó a Jules Maigret.



lunes, 21 de noviembre de 2022

EL TEXTO TEATRAL COMO TEXTO LITERARIO

 

Una obra de teatro se puede representar, sí; pero ante todo se puede leer, ya que el teatro es también un género literario.


Se suele afirmar que el auge del cine y de la televisión en el siglo XX produjo el declive de las representaciones teatrales. Este declive se ha acentuado con el desarrollo de Internet en el siglo XXI, ya que es una clase de tecnología que aumenta la oferta de entretenimiento en casa.

La adaptación de novelas a la pantalla parece haber desechado que se hagan programas como Estudio 1, de Radiotelevisión Española, que consistía en la representación televisada de tragedias, dramas y comedias.

En este sentido, algunos tristemente se aventuran a predecir el fin del teatro. Según ellos, no tiene sentido continuar escribiendo textos para algo que acabará desapareciendo. Sin embargo, sus vaticinios se basan en la idea de que el texto dramático está orientado tan solo a la representación, como si no pudiese leerse independientemente, como si no fuese también una obra literaria.

Baste como ejemplo de esto último El abuelo, de Pérez Galdós y La casa de Aizgorri, de Pío Baroja. Ambos textos están escritos a la manera de obras teatrales, pero se llaman «novelas» por su gran extensión. Alguien puede alegar que las acotaciones son más largas y descriptivas; pero también Valle-Inclán, en La marquesa Rosalinda incluye acotaciones en verso y nadie la ha llamado jamás «novela dialogada».

¿Por qué no se pueden leer las demás obras de teatro como si fuesen El abuelo o La casa de Aizgorri?



jueves, 27 de octubre de 2022

GEORGES SIMENON, ¿AL TEATRO?



Georges Simenon fue un escritor belga (1903-1989) en lengua francesa muy prolífico. Cultivó la novela policíaca y creó al comisario Jules Maigret.

Muchas de estas novelas son bastante teatrales y no costaría casi nada llevarlas a las tablas. Un ejemplo de ello es La esclusa número uno (1933), en la cual Maigret investiga el intento de asesinato del armador Émile Ducrau (dueño de las pinazas azules de la esclusa número uno del puerto de Charenton). Consta de diez capítulos, y con leves modificaciones podrían agruparse en siete escenarios o cuadros (casi uno por capítulo). Resumimos a continuación lo que sucedería en cada uno de ellos:

CUADRO I. En la casa de Ducrau, en el puerto de Charenton. Día 1. Llega el comisario Maigret leyendo o recitando para sí los antecedentes del caso, que había acontecido el día anterior: «La gente vio gritando en el agua al viejo Gassin, dueño de la nave El Toisón de Oro. Lo sacaron. Dijo que había caído al agua porque alguien había tirado de él. Entonces vieron en el agua a otro hombre y lo sacaron: era Émile Ducrau. El médico comprobó que lo habían apuñalado». Salen Émile Ducrau, su mujer y su criada. Ducrau le habla de que anteayer también estuvieron su hija y su yerno —militar, que quería dejar la profesión—, que iban a tener supuestamente un hijo y que deseaban irse a vivir al Midi, para lo cual necesitaban su parte de la herencia. Habían reñido por ello. Ducrau informa a Maigret de que en otros departamentos de la casa también viven Rose, la amante del propio Émile —a la que este mantiene— y Jean, el otro hijo —un pobre enfermizo que estudia derecho—. Ducrau también habla de Gassin, que es un antiguo camarada suyo y con el que ha hecho muchos viajes; y de Aline, la hija de Gassin.

CUADRO II. En el puerto, al lado de donde está atracado El Toisón de Oro. Día 1. Maigret se topa con varios hombres que acompañan a Gassin, el cual está borracho, a que beba más en el cafetín; pero el comisario los deja pasar y no lo interroga. Sube a El Toisón de Oro, donde se encuentra con la hija de Gassin amamantando a un niño. Le pregunta si es hijo suyo y ella le responde que es su ahijado. La muchacha se porta y habla de manera rara. Maigret le pregunta si estuvo en el barco Ducrau el día anterior y ella le contesta que Jean no, sino Émile. Maigret entonces quiere saber si Émile Ducrau le hace la corte, pero ella reacciona bruscamente y se encierra en un cuarto. El comisario se baja del barco y topa con dos pilotos y tres o cuatro hombres que le dicen que el niño lo tuvo Gassin con una mujer de otras tierras y se lo entregó a la hija para que lo cuidase. Estos personajes le insinúan que Aline está mal de la cabeza.

CUADRO III. En el puerto, en otra parte. Día 2. Maigret se entrevista otra vez con Ducrau. Hablan de los negocios del armador y de su familia (sobre cuyos miembros Maigret ha mandado hacer averiguaciones). Sale a relucir que la noche en que atacaron a Ducrau, este había ido al burdel, como solía. El comisario manifiesta sus sospechas de que Ducrau es el padre del hijo de Aline, aunque este le revela que, en realidad, es el padre de Aline: que la engendró con la esposa de Gassin y que nadie lo sabe. También le confirma que es retrasada. Se disponen a ir al cafetín, pero llegan empleados de Ducrau a informarle de que su hijo Jean se ha suicidado: que se ha colgado y ha dejado una nota en la que se acusaba a sí mismo de ser quien había atacado a su padre.

CUADRO IV. Ante las oficinas de Ducrau, a la mañana del día 3. Maigret informa al armador de que ha aparecido otro ahorcado: el ayudante del esclusero de Charenton, llamado Bébert, personaje que no se había mencionado hasta este momento. Ducrau le comenta al comisario que ha estado en un hostal para no soportar el luto que se respiraba (aunque más tarde insinuará que había estado en otro sitio menos decente), y al conversación se centra en el nuevo muerto: un don nadie sin familia que malvivía por allí. Ducrau se ha enterado por la prensa de que Maigret se va a jubilar y le propone que trabaje para él. Se va Ducrau y sale Gassin, borracho, con otros hombres, en dirección al cafetín. El comisario tiene unas palabras con estos acompañantes, y ellos continúan su camino. La amante de Ducrau, con maletas, cruza el escenario y, aunque no conversa con ella, Maigret adivina que se ha ido de cas. Por último, sale la encargada de El Baile, otro establecimiento de bebidas, que sabe que el comisario está investigando, y tras una conversación entre ambos, ella le confiesa que Ducrau estuvo la noche anterior —la del día 2— bebiendo allí y que se había ido a medianoche.

CUADRO V. Otra vez en el puerto, en la parte en que se hallaba El Toisón de Oro. Noche de otro día. Maigret viene hablando con sus inspectores sobre la gran mudanza que van a hacer él y su esposa a una nueva casa, lo cual lo atormenta bastante. Después se centran en lo que ellos han investigado sobre el difunto Jean Ducrau: era un enfermo sin amigos ni amigas ni nada de nada. El comisario vuelve la mirada a El Toisón de Oro, y repara en un hombre que está cerca, al que llama, y comprueba que es un taxista que ha traído a Ducrau a hablar con Gassin. Salen ambos del barco conversando tranquilamente. Ducrau invita a Maigret a regresar a casa en el taxi, no sin antes mencionar otra vez la propuesta de que trabaje para él.

CUADRO VI. En el entierro de Jean. Hay numerosas personas, entre las cuales se cuentan Ducrau, Maigret y un inspector. El inspector le refiere a Maigret que Gassin ha comprado un revólver. El comisario, que cree que Gassin es el responsable del atentado contra Ducrau —y no el difunto Jean—, lo manda detener. No obstante, antes que termine el sepelio, Ducrau se dirige a Maigret, ya que ha visto la detención (que ha ocurrido fuera del escenario) y le aclara que el revólver era para el propio Émile, que él se lo había encargado a Gassin (y, de paso, invita a Maigret a ir a su casa de campo el domingo). El sepelio termina, Ducrau se va y los policías traen a Gassin. El comisario aprovecha la ocasión para hablar con el detenido, pero no le saca nada en claro. Le encuentra dos fotos viejas en la ropa: la de su difunta esposa y la de Jean Ducrau —esta última con una dedicatoria a Aline—. Gassin le cuenta la historia de un marinero que se suicidó tras matar al médico borracho del pueblo, que no había salvado a su esposa embarazada, como comparándose con ese marinero, indicando que podría matar llegado el caso. Maigret ordena liberarlo.

CUADRO VII. En la casa de campo de Ducrau. Domingo. Maigret viene conversando con su inspector, que ha estado vigilando a Gassin. Hablan de este y de Aline. Después, el agente se va y sale Ducrau con su familia. Maigret asiste a una nueva bronca de Émile con la hija y el yerno, hasta el punto de que Ducrau les dice que, si el comisario se convierte en uno de sus hombres, le pagará todo lo que le pida —porque lo prefería a él antes que a su hija y a su yerno—. Maigret y Ducrau se apartan de los demás y se ponen a hablar. Regresa el agente que estaba vigilando y se une al diálogo. Se va. Una mujer trae a Maigret una carta que él mismo ha mandado interceptar. La carta que acaba de enviar Gassin a su hermana, en la que le dice que todo se lo deja a ella y le da instrucciones de cómo quiere ser enterrado. El comisario habla con Ducrau: Bébert, el otro suicida, debía de ser el padre del hijo de Aline: por exclusión, ya que Jean estaba enamorado tan solo platónicamente de la muchacha y era impotente (y debió de suicidarse para parecer muy hombre a los ojos de todos); aunque Gassin sí que debía de creer que el padre de su nieto era Ducrau y por eso debía de querer matarlo y se portaba de manera rara. Maigret deja caer que Ducrau es quien a matado a Bébert. Se va Ducrau y sale el yerno, que se para a conversar con el comisario. Quiere saber si a su suegro lo van a detener y apunta que se le podía dar, a la manera que usan los militares, una pistola para que se suicidase y salvase el honor. La criada trae la cena y, así que la sirve y todos se sientan a la mesa, se arma otra vez la gorda a causa de la hija y del yerno. Ducrau los acusa de haberse inventado que van a tener un hijo, y afirma que todo lo va a dejar al banco Génerale. Confiesa, en su furor, que él fue quien mató a Bébert por haber abusado de Aline, cuya paternidad proclama. Émile entonces repara en que fuera de la casa se halla Gassin, tan raro como siempre; lo manda pasar y se lo cuenta todo. Maigret cree que Gassin trae un arma y trata de quitársela, pero ni eso traía el pobre desgraciado. Ducrau sigue hablando con Gassin sobre los cuernos que le puso. Va a entregarse a la policía, bien que lo hará por la mañana. Invita a Gassin a dormir en la casa y este se va con la criada. Llega el otro inspector por Maigret y conversan. Vuelve la criada anunciado que Gassin se ha suicidado, a vista de lo cual Maigret y el inspector deciden pasar por El Toisón de Oro a dejarle bien visible a Aline la carta que el desgraciado Gassin había escrito a su hermana.



jueves, 6 de octubre de 2022

EL HELICÓPTERO ESTRELLADO

 

Se critica al escritor helicóptero porque repite y repite, pero las repeticiones son a veces necesarias.


Una de las definiciones de escritor helicóptero es la de aquel que, con frecuencia, repite datos o hace compilación de la información precedente con la idea de que el lector no se pierda a lo largo de la historia. De ahí la imagen del helicóptero, que da vueltas y vueltas alrededor de la persona que lee el libro. 

Sin embargo, ¿son las repeticiones siempre señal de que un escritor es un helicóptero? De igual modo que en un artículo precedente (¿Diálogo inútil?) se planteó que en la realidad suceden conversaciones y hechos intrascendentes para la narración, en la realidad también se producen repeticiones. Pongamos un par de ejemplos bélicos:


  • A un comandante y un coronel, informados por los soldados de la situación del frente, se les ocurre una modificación del plan de combate y se la van a contar al general. Nótese que, tanto en la escena en que discurren el plan como en aquella en que se lo exponen al general, la descripción del plan se repite. Esto en una novela o en una poesía se podría resolver con una frase como «fueron y dijeron al general lo que se les había ocurrido»; pero en una obra dramática la cosa es más complicada: la única opción para que no se repitiese lo concerniente al plan sería cortar la escena cuando el coronel y el comandante deciden acudir al general, y empezar la siguiente con el general ya enterado. 
  • Diversas partes de un campo de batalla, como en los actos quintos de Macbeth y Julio César, de Shakespeare. El transcurso de la lucha se representa con entradas y salidas rápidas de personajes. Si acontece algo importante (y complejo, que no se puede explicar en cuatro palabras) y un mensajero recorre el campo dando cuenta del hecho, se repetiría la información en todas o casi todas las escenas.


¿Han de evitarse estos casos? ¿Son atribuibles a una mala planificación de la obra o a un escritor con defectos? 



martes, 13 de septiembre de 2022

¿DIÁLOGO INÚTIL?

 

El teatro no permite eliminar los diálogos, como en la prosa


Supongamos un pequeño fragmento de un relato o novela como el siguiente: 


[***] 

—¡No!, ¡no! y ¡no!... Porque lo digo yo, que soy el que sabe. 

—¿El que sabe? ¿El que sabe qué? 

Estuvieron a punto de llegar a las manos, pero, por fortuna, estaba allí mi madre para detenerlos. Después intentó calmar los ánimos hablando del tiempo, pero no lo logró del todo. 

Unos minutos más tarde, se acercó al grupo un desconocido… 

[***] 


Nótese que el diálogo es interrumpido por una descripción de diálogo. El narrador nos dice que hablaron del tiempo, pero no nos informa de las palabras exactas. Como todos hemos sido testigos de discusiones, no cuesta mucho imaginarse en abstracto lo acontecido: invectivas, silencios, cambios de tema frecuentes por parte de la madre… pero a la hora de concretar, la cosa cambia. El autor teatral (y el guionista, si el relato o novela fueran convertidos en película) deberían escribir este diálogo en su totalidad (salvo que la conversación que condujo a la situación no fuera importante y toda la escena se pudiera suprimir e incluir narrada en otra). Por ejemplo: 

 

HOMBRE I. — ¡No!, ¡no! y ¡no!... Porque lo digo yo, que soy el que sabe. 

HOMBRE II. — ¿El que sabe? ¿El que sabe qué? 

(Se disponen a pelear, pero la MADRE los detiene). 

MADRE. — ¡Bueno, ya basta! Hemos venido aquí a descansar, no a discutir. (Pausa. Se acerca a la ventana). Parece que va a llover. 

HOMBRE I. — El meteorólogo de la televisión dijo que no llovería 

HOMBRE II. — (Irónico). Los que se tienen por muy expertos a veces se equivocan. 

(Pausa). 

MADRE. — A mí me gusta que llueva… No sé… llamadme rara, pero ya desde pequeña me gustaba: las nubes negras, las gotas golpeando los cristales y el suelo… 

HOMBRE I. — ¡Los hay mucho más raros que tú! 

HOMBRE II. — Sí, tan raros que creen que puede llover a gusto de todos. 

(Pausa). 

MADRE. — ¿Habéis traído paraguas? 

HOMBRE I. — Yo siempre traigo uno plegable en el maletín. 

HOMBRE II. — ¡Qué previsor! Si lo hubieses sido cuando…  

MADRE. — (Interrumpiendo). ¡He dicho que ya basta! 

HOMBRE II. — Bien, bien… 

 (Pausa). 

MADRE. — (Al HOMBRE II). ¿Tú no trajiste paraguas? 

HOMBRE II. — No. 

MADRE. — ¿Y cómo piensas volver si empieza a llover? 

HOMBRE II. — Esperaré. Nunca llovió que no escampara. 

 (Pausa). 

DESCONOCIDO. — (Acercándose). Buenas noches, disculpen que los interrumpa… 

 

Es una de las peculiaridades que separa la prosa (y la poesía) del teatro: permite obviar diálogos aparentemente intrascendentes para la trama, diálogos que, sin embargo, suceden en la vida real. ¿Cuántas veces en una conversación se salta de un tema a otro, o se pierde durante algunos momentos el tema principal?