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viernes, 12 de mayo de 2023

LAS HIJAS DE CELESTINA


Las imitaciones de La Celestina tuvieron una gran importancia; no son meras obras que hay que olvidar.

A todos en la escuela nos han hablado de La Celestina: esa obra escrita a caballo entre la Edad Media y la Moderna, de género incierto (porque, aunque tiene pinta de obra de teatro, no lo es), llena de episodios «obscenos», donde los personajes nobles se mezclan con los más plebeyos y donde, en consecuencia, el lenguaje elevado alterna con el popular. De lo que no se nos suele hablar es, sin embargo, de que, como todo éxito editorial, generó un torrente de imitaciones. Y, si acaso se hace mención de ellas, es para desautorizarlas, por ser muy inferiores a la obra primera y original.

No obstante, de lo que parece que ni se percatan los que les restan valor a las imitaciones es de que estas contribuyeron a la vulgarización de un género —la comedia humanística, que es a la que pertenece La Celestina, y que se caracteriza por su estructura formalmente teatral, aunque destinada solo a la lectura, a causa de su extensión—, que es al que pertenece La Celestina, ya que las obras de esta clase se escribían en latín y no en lengua vulgar (en nuestro caso, el castellano o español). El imitar a La Celestina para ganar dinero animó a la gente docta —la que sabía leer y escribir, que en aquella época era muy pequeño número— a usar su lengua materna para componer comedias humanísticas en vez de la lengua latina, lo que significó que las lenguas vulgares sirvieran para expresar lo mismo que la que se consideraba la lengua superior, esto es, para dignificar las lenguas vulgares.

Pero hay otra cosa que se olvida: que en España contribuyó a separar el texto teatral de su representación, favoreciendo el desarrollo de la novela dialogada, que llegaría a su cumbre a finales del siglo XIX con las novelas dialogadas de Benito Pérez Galdós El abuelo y Realidad.



lunes, 16 de enero de 2023

EL IMPULSO

 

El escritor a veces siente el impulso creador, pero, por desgracia, se apaga pronto.


Sucedió con motivo de la conversación que tuviste con un amigo con quien te encontraste varios días seguidos.

Llevabas ya cinco años obsesionado con que habías alcanzado la madurez literaria y, por consiguiente, te dedicabas a corregir textos ya escritos en vez de a escribir cosas nuevas. Sin embargo, y sin saber ni cómo ni por qué, aquel amigo te inspiró una obra.

Y no una obra cualquiera. Una obra dialogada, como El abuelo de Pérez-Galdós o La Celestina de Rojas. Fue raro, porque desde tu juventud, en que habías cultivado los tres géneros literarios, te habías dedicado principalmente a la novela.

Empezaste a buscar los viejos textos teatrales de aquella época (en su mayor parte fragmentos que no habían cuajado en un drama completo) y, sin saber cómo, tu mente comenzó a enlazar unos con otros, a idear nuevos trozos, a tejer una historia como hacía años que no tejías.

Comenzaste a escribir como hacía años que no escribías: por la mañana y por la tarde, miles de palabras que casi salían solas. ¡Ya no te acordabas de lo que era escribir así!

Presa de este impulso pasaron una semana, dos, tres, cuatro… Sin embargo, a mediados del segundo mes el impulso comenzó a decaer.

Leíste algunos libros para recuperarlo. Las ideas ya no se convertían en palabras tan bien como antes, pero aguantaste hasta la octava semana.

Sin embargo, pasados los dos meses te diste cuenta de que habías cometido una contradicción muy gorda (como las de tantas obras que has escrito) y debías reestructurar una parte de la historia.

¡Y aquí sí que se acabó el impulso! Cada día que pasaba escribías menos palabras y menos te satisfacía. En una semana dejaste de escribir.

 

***

Han pasado ocho meses desde la conversación con tu amigo y dos y medio desde que abandonaste la pluma.

Escribiste como tres cuartos de la obra. Ocasionalmente, tienes ideas para lo que falta; pero no eres capaz de escribirlas: no son de la calidad de las que venían entonces.

Suspiras por aquel impulso, deseando que vuelva.

¿Habrán de pasar otros cinco años?



lunes, 21 de noviembre de 2022

EL TEXTO TEATRAL COMO TEXTO LITERARIO

 

Una obra de teatro se puede representar, sí; pero ante todo se puede leer, ya que el teatro es también un género literario.


Se suele afirmar que el auge del cine y de la televisión en el siglo XX produjo el declive de las representaciones teatrales. Este declive se ha acentuado con el desarrollo de Internet en el siglo XXI, ya que es una clase de tecnología que aumenta la oferta de entretenimiento en casa.

La adaptación de novelas a la pantalla parece haber desechado que se hagan programas como Estudio 1, de Radiotelevisión Española, que consistía en la representación televisada de tragedias, dramas y comedias.

En este sentido, algunos tristemente se aventuran a predecir el fin del teatro. Según ellos, no tiene sentido continuar escribiendo textos para algo que acabará desapareciendo. Sin embargo, sus vaticinios se basan en la idea de que el texto dramático está orientado tan solo a la representación, como si no pudiese leerse independientemente, como si no fuese también una obra literaria.

Baste como ejemplo de esto último El abuelo, de Pérez Galdós y La casa de Aizgorri, de Pío Baroja. Ambos textos están escritos a la manera de obras teatrales, pero se llaman «novelas» por su gran extensión. Alguien puede alegar que las acotaciones son más largas y descriptivas; pero también Valle-Inclán, en La marquesa Rosalinda incluye acotaciones en verso y nadie la ha llamado jamás «novela dialogada».

¿Por qué no se pueden leer las demás obras de teatro como si fuesen El abuelo o La casa de Aizgorri?