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martes, 14 de marzo de 2023

EL SURREALISMO Y LA ESCRITURA AUTOMÁTICA (II)


La escritura automática es insufrible cuando se usa para escribir todo un libro, ¿o no?


Poníamos en un artículo precedente un ejemplo de escritura automática, propia del movimiento literario conocido como surrealismo. Probablemente, el amable lector se haya sentido inspirado para escribir algo parecido, y probablemente —y seguramente— habrá obtenido un resultado mejor que el de los autores de este blog.

Cuando hay que escribir unas líneas o unos versículos se pueden obtener textos realmente interesantes (se le aplica con mucha propiedad el aforismo de Baltasar Gracián «lo bueno, si breve, dos veces bueno».). Sin embargo, la cosa cambia cuando se llenan páginas y páginas de escritura automática. Dejemos volar nuestra imaginación y fantaseemos con que disponemos de una máquina del tiempo y viajamos a lo pasado, cogemos a don Miguel de Cervantes Saavedra y lo traemos a nuestra época, no sin antes pasearnos por el París del siglo XX, en la época de auge del surrealismo. Fantaseemos con que don Miguel se admira tanto con el movimiento literario que decide reescribir su obra cumbre, y el primer párrafo de El Quijote ya no dice esto:


«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad».

 

Antes al contrario, don Miguel nos compone un texto mucho más amplio, al estilo del que sigue:


«En la Mancha, pero no la de limpiar, porque es un lugar y no algo que cae en la ropa o en el suelo, en la Mancha había un lugar, pero no sé si puedo acordarme, si debo acordarme, si queréis que me acuerde. La Mancha no está en ese lugar (y, por ende, no hay que limpiarla), sino que es un lugar. Y de ese lugar no me acuerdo —o, mejor dicho, no quiero acordarme—… porque, si quisiera acordarme, os lo diría; y, si os lo dijere, lo sabríais. Pues en ese lugar había un hidalgo, recientemente, no ha mucho tiempo. No días, no meses, pero tampoco siglos. No ha mucho tiempo: suponed unos cuantos años. No ha muchos años (¿veinte?, ¿treinta?, ¿cuarenta?). En la Mancha, un lugar y en el lugar, un hidalgo. No un hidalgo con una mancha en algún lugar que no se quitaba con los años. Y en algún lugar de su casa tenía lanza, y un escudo, y un rocín, y un galgo. No eran lo único que tenía, porque, de lo contrario, no sería hidalgo. Tenía también ropa. La lanza estaba en un astillero, y el escudo era una adarga antigua. El rocín y el galgo no eran tan antiguos como el escudo, pues, de lo contrario, ya habrían muerto. El rocín era flaco y el galgo, corredor. Si estuvieran muertos no correrían, pero estarían flacos. Y flacos no se los podría comer…, como comía olla con más vaca que carnero, salpicón por las noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y palominos los domingos. Bueno, sí, flacos sí se los podía comer; aunque, entonces, padecería duelos y quebrantos de hambre. Sin embargo, los duelos y quebrantos son un plato de la Mancha, no una situación anímica. ¡Y tal vez padecía duelos y quebrantos por no poder comer más! Por no poder comer más en la Mancha, y no manchas; aunque, si comía muy deprisa, podría mancharse. Y tal vez alguno pregunte si no sufría los duelos y quebrantos por no vestir mejor. Pues os digo que vestía bastante bien: sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, pantuflos del mismo material y entre semana se ponía vellorí de lo más fino. ¡Ni el caballo ni el galgo se vestían tan bien! Aunque con ello puesto quizás nuestro hidalgo recordara a su lanza y a su escudo, que no estaban hechos de lentejas, pero que, si os golpeara con ellos, podía produciros duelos y quebrantos bastantes. Y, más que sayo, pondríais mortaja (calzas opcionales).

 

»En la casa del lugar que no me acuerdo (¡ya os he pillado, es que no quiero acordarme, porque, si quisiera, me acordaría!) había —junto a la lanza en astillero, la adarga antigua, el rocín flaco y el galgo corredor— una ama, una sobrina y un mozo de campo y plaza. No quiere esto decir que la ama estuviera en el astillero, la sobrina fuera antigua y el mozo montara al rocín cuando era de campo y al galgo cuando era de plaza. Solamente indico que en su casa había más cosas aparte de las ya mencionadas… No, cosas no, personas. ¡Bueno! Las personas también pueden incluirse entre las cosas, ¿o no? El ama con el sayo de velarte, la sobrina con las calzas de velludo, y el mozo de campo y plaza con los pantuflos y el vellorí. Todo esto en la Mancha, no ha mucho tiempo. La ama (yo no la amo) pasaba de los cuarenta años y la sobrina no llegaba a los veinte. Nuestra historia puede que haya acontecido hace veinte o treinta o cuarenta años… ¡No! Cuarenta me parecen muchos. ¿Y cuántos años tenía el mozo? No lo sé; pero, como ensillaba el caballo y manejaba la podadera, no podía ser ni un niño ni un anciano. Para anciano ya teníamos a nuestro hidalgo, y a su adarga, que era antigua (quizás tanto como su lanza). 

 

»El hidalgo andaba alrededor de los cincuenta años (más que la ama a la que yo no amo y menos que la sobrina), pero no fue ese el tiempo que tuvo la mancha en su lugar, porque no había tal mancha. Aunque era de complexión recia, estaba seco (no por falta de agua, sino porque no estaba gordo, aunque la Mancha está bastante seca si lo comparamos con otros puntos de la geografía). Ni el cuerpo ni el rostro tenían demasiada carne (humana, no de rocín, ni de galgo, ni de vaca ni de carnero o de palomino). Madrugaba y cazaba. Le gustaba mucho cazar, pero no siempre que madrugaba cazaba. Y cazaba en la Mancha, no manchas, sino animales. Y el galgo corredor —que es un animal— lo empleaba para cazar (animales), y de fijo que cazaba mucho, pero que no le gustaba madrugar, a diferencia del hidalgo. Y lo que cazaba iría a la olla y al salpicón, junto a la vaca… o no, y estoy suponiendo mucho, y lo comía aparte… O, si solamente cazaba palominos, los comería los domingos. Pero, en este último caso, ¿por qué no criar palominos? Así no tendría que cazarlos.

 

»Llamaban al hidalgo "Quijada" o "Quesada". Lo primero es el hueso en que están encajados los dientes y las muelas, lo segundo es un pastel de queso. ¿Quiénes lo llamaban así? Los autores que han informado del caso. ¿Por qué os lo cuento? Porque parece gracioso. «Quijada» se parece a «quesada» si se escribe como en el Siglo de Oro (quixana), y quizás os figuréis que moviendo las quixadas, los autores que han informado del caso comían muchas quesadas. No acertaría a decíroslo, porque sobre ello no me he informado. De hecho, no he encontrado información; solamente conjeturas verosímiles sobre cómo se llamaba, aunque no es muy importante. Se llamaba "Quijana", que es una mezcla de "quijada" con "quesada", de hueso con queso, de lo duro con lo blando; pero no comáis queso con hueso porque perderéis los dientes y las muelas y acabaréis en la mortaja con calzas (o con vellorí de lo más fino, que no se le parece, pero que puede incluirse en las ropas del difunto). Y lo del nombre o sobrenombre no importa, porque lo importante es la historia que transcurrió hace años en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, pero sin querer faltar a la verdad en la narración. Me acordaré de lo que quiera, siempre que sea cierto».

 

¿Hasta dónde sería capaz de leer el amable lector un libro tres o cuatro veces mayor que El Quijote original, pero compuesto con este estilo?

Para hacerse una idea, puede empezar por la novela Tiempo de silencio, publicada en 1962 por el español Luis Martín Santos.



martes, 28 de febrero de 2023

UN CADÁVER NO TAN EXQUISITO

 

El cadáver exquisito no se puede retocar posteriormente.


Hablando sobre Federico García Lorca en el bachillerato, y más concretamente sobre Poeta en Nueva York y sobre el surrealismo, fue cuando la profesora de literatura contó, a los treinta y dos alumnos de tu aula, lo que era un cadáver exquisito.

Consistía en tomar un folio, que el primer alumno escribiera una línea completa y dos palabras en la siguiente, y se lo pasara al segundo alumno, habiendo doblado previamente la parte del folio que contenía su línea para que el segundo no la leyera. Solo leería las dos palabras que quedaban. Había de completar esa línea, escribir en la siguiente otras dos palabras, doblar el folio para que no se viera la línea que había completado entera y pasárselo al tercer alumno.

Así hasta que los treinta y dos escribieran.

A ti te tocaron las palabras «del camino» y las completaste con la frase «porque por este sendero se llega al manantial secreto».

Doblaste la parte de la hoja y en la siguiente línea, que debía leer y completar quien te sucedía, pusiste «y olvidado».

Al final, el folio parecía un abanico o un acordeón.

Cuando el experimento concluyó, la profesora leyó en alto el resultado.

La mayor parte de tus compañeros se lo había tomado a broma y había escrito chabacanerías.

Pero había alguna cosa buena. Algunas imágenes interesantes: «un fuego submarino que arde invisible», «el río que recorre el cielo y muere en tu pecho», «la sombra que me persigue donde no hay sombras»…

Cuando la clase terminó y la profesora iba a abandonar el aula, te acercaste a ella y le dijiste:

—El poema quedaría muy bien si se quitasen tales y tales versos y se mejoraran las conexiones entre esta línea y esta otra. Quedaría digno de Poeta en Nueva York.

Pero, para tu sorpresa, la profesora no te dio la razón.

Más aún: te miró como si le hubieses dicho que en un remoto país llamado Micomicón había un valle en el que llovía hacia arriba.

—Eso sería traicionar el espíritu del cadáver exquisito. Su objetivo es sacar algo que hay en la subconsciencia del grupo que lo elabora, no componer un poema formalmente bello.

Tú, desconcertado, preguntaste:

—¿Y por qué los poemas de Poeta en Nueva York suenan mejor que el nuestro?

—Porque Lorca era un gran poeta y vosotros no.

— ¿Y no será porque, tras escribir automáticamente, revisaba y eliminaba versos?

Lo dijiste al mismo tiempo que señalabas a Micomicón en el mapa.

 


viernes, 10 de febrero de 2023

EL SURREALISMO Y LA ESCRITURA AUTOMÁTICA (I)


Escritura automática: ¿cómo se hace?


TÚ. — ¿No tienes nada que contar a los amables lectores sobre el tema que da título a la entrada de hoy?

YO. — Sí: que la fuerza del agua no está en la taza, sino en el cuchillo. Que mis gafas no cayeron en la viña por culpa del papel, sino por la mosca del elefante. No hay sal, no hay hierba. Ayer mi poder se tornó negro como el azabache, como el cosmos sin estrellas. El gris en que ellos creen no los alimenta a ellos, ni a mí, ni a ti… El gris de las baldosas lo ha sustituido. No hay mar, no hay rosa; solamente el día. En medio de sus lecturas encuentro un tesoro que ellos no podrán gastarse. Me lo gastaré en el agua del mar y en el agua de la rosa. Ellos me mirarán con estupor cuando yo me lo gaste y yo los miraré con estupor cuando vea que no pueden gastárselo. Todos estupefactos al igual de la taza, del gris y de la sal sin hierba.

TÚ. — (Al lector). Queda claro, ¿verdad? 



NOTA: Pueden verse más ejemplos de escritura automática aquí.



lunes, 17 de octubre de 2022

SILLAS NO TAN ABSURDAS

 

Las sillas, de Ionesco, tradicionalmente considerada una obra absurda, tiene un final lógico.

Aprendiste que el teatro del absurdo nació después de la Segunda Guerra Mundial, influido por la corriente filosófica conocida como existencialismo, y que desarrollaba obras llenas de incongruencias y sinsentidos. 

Un ejemplo paradigmático era La cantante calva, de Eugenio Ionesco, en la que no aparecía ninguna cantante calva (hasta uno de los personajes llega a preguntar dónde está la cantante) y al final los diálogos son frases sueltas, que no guardan relación con lo que previamente ha dicho ningún personaje ni con lo que responderá después. 

Y en el mismo libro en que leíste La cantante calva también leíste Las sillas a.

Trata de una pareja de ancianos que reciben paulatinamente en su morada a unas personas invisibles e inaudibles, a las que ofrecen sillas y más sillas y con quienes conversan, en espera de un orador profesional que les exponga a estos invitados algo muy importante que el anciano quiere comunicarles. Cuando el orador llega, los ancianos se suicidan. Sin embargo, el orador es sordomudo y no consigue sino escribir palabras extrañas en una pizarra antes de irse. 

Y entonces ocurría lo que más te sorprendió: se oye a las personas invisibles. 

¡Se las oye! Los ancianos no estaban locos. Simplemente, el espectador de la obra no podía verlas ni oírlas. 

Te dio igual lo que pusieran sesudos análisis de Internet sobre la obra, incluidas algunas reflexiones del propio Ionesco. 

Te dio igual que la conversación de los ancianos con las personas invisibles e inaudibles estuviera llena de incongruencias. 

Te dio igual que el orador no pudiera hablar. 

En la existencia de aquellas personas descubriste un sentido. Algo tenía sentido en una obra absurda. 

Y te lo confirmó más aún el hecho de que, en una nota del libro que leíste, se decía que en una representación de la obra se la había hecho terminar cuando el orador profesional se marchaba. 

—Entonces sí que hubiera carecido de sentido —pensaste—. Si Ionesco la hubiera acabado ahí, la obra habría sido totalmente absurda. Pero no fue así. 

¿Será que quitar completamente el sentido a lo que sucede sobre las tablas no es tan fácil como a primera vista parece? 



     a Ionesco, Eugène. Teatro: La cantante calva, La lección, Jacobo o la sumisión, Las sillas, Víctimas del deber, Amadeo o cómo salir del paso. Editorial Losada S. A., Buenos Aires (1961).