viernes, 16 de diciembre de 2022

DIVAGANDO SOBRE SÓFOCLES Y EURÍPIDES


Ifigenia en Tauride, de Eurípides, y Crises, de Sófocles, plantean problemas en cuanto a su relación.


Sófocles y Eurípides son dos de los tragediógrafos griegos más conocidos universalmente. Por desgracia, solo han sobrevivido unas pocas obras de las muchas que compusieron.

De las tragedias de Eurípides que han llegado hasta nosotros hay una en particular, Ifigenia entre los tauros o Ifigenia en Tauride, que siempre ha atraido a los críticos porque cuenta una versión muy rara del mito correspondiente: que Ifigenia no fue sacrificada en Aulide para favorecer que los barcos griegos llegasen a Troya, sino que fue raptada por la diosa Artemisa (Diana) y llevada a un templo que tenía dicha diosa en la actual Crimea, donde se dedicaba a sacrificar a todo extranjero que se pasase por allí. El hermano de Ifigenia, Orestes, y su amigo Pílades, que son enviados a robar la estatua de Artemisa, se encuentran con Ifigenia, la rescatan y se la llevan de vuelta a su patria.

Según los críticos, todo esto se lo inventó Eurípides, ya que no hay nada en la mitología griega que le pudiera servir de base (recordemos que las tragedias se escribían acerca de los héroes de los mitos, si bien el escritor gozaba de bastante libertad para componerlas).

La dificultad que ofrece esta teoría —que es la de la mayor parte de los estudiosos— estriba en cómo compaginar el argumento de la obra de Eurípides con el de otra obra —por desgracia, perdida— de Sófocles, titulada Crises, anterior a la de Eurípides. Crises era un hijo ilegítimo que Agamenón (el padre de Orestes y de Ifigenia) había tenido con la hija de un sacerdote de Apolo, sacerdote también llamado Crises.

Según la versión más extendida del mito de Crises (que es la de Antonino Liberal e Higinio, autores muy posteriores a Sófocles y a Eurípides), los ya mencionados Orestes y Pílades, tras robar la estatua de Artemisa y rescatar a Ifigenia, mientras trataban de huir de los tauros y del rey de estos, llamado Toante, hicieron escala en la isla en que ambos Crises ejercían su ministerio sacerdotal; y entonces el viejo Crises le revela a su nieto que los recién llegados son sus parientes y que debe salvarlos, por lo que, entre todos, se las ingenian para matar a Toante y escapar. Esta versión es la que constituía el argumento de otra tragedia del romano Pacuvio —perdida— titulada también Crises y que siempre se ha dicho que debía de estar copiada de la homónima de Sófocles… Pero, y aquí viene la pregunta desconcertante, ¿cómo puede ser ese el mismo argumento que el de la tragedia de Sófocles si lo de Ifigenia en Tauride y aun lo del robo de la estatua de Artemisa se lo inventó Eurípides y, para más inri, tiempo después de escribir Sófocles su Crises? ¡No tiene sentido!

Por eso algunos han dado en que quizás el Crises de Sófocles contara una historia muy distinta. Algunos suponen que recogía otra versión del mito, según la cual, Agamenón con la hija de Crises no había engendrado a un varón, sino a una mujer, que, precisamente, era Ifigenia; por tanto suponen estos estudiosos que el Crises de Sófocles tal vez contara la historia del viejo Crises, que iba a reclamarle a Agamenón que le entregase a su nieta (o algo así).

Sin embargo, quizás no haya que retorcer las cosas tanto para hallar la solución al problema: quizás, en la versión más vieja del mito (hoy desconocida por nosotros, pero no por Sófocles en su día) Orestes y Pílades (y quien dice esto dice también Orestes solo o en compañía de otras personas distintas) sí que iban a Tauride a algo (quizás relacionado con Artemisa, ya que se sabe que había allí un templo indígena dedicado a una deidad femenina que se identificaba con dicha deidad griega) y, sin que apareciese Ifigenia por ninguna parte, enojaban a los tauros y, en la huida, se encontraban con los dos Crises, que los salvaban al ser el más joven, en efecto, hijo de Agamenón y hermanastro de Orestes. Esto habría justificado que encajase en el mito antiguo fácilmente todo lo que le añadió Eurípides y que ha quedado para la posteridad.



lunes, 12 de diciembre de 2022

DE NEOCLASICISMO Y PAREADOS

 

Hay tragedias neoclásicas españolas que se escribieron en endecasílabos pareados.


Las grandes tragedias francesas del neoclasicismo se escribieron en verso, en pareados alejandrinos. Una idea de cómo sonaría esto en la lengua española se puede formar leyendo la traducción de Princivalle del Tartufo de Molière.

Sin embargo, las tragedias españolas de ese mismo período (y las traducciones de las francesas) se escribieron en romance heroico (Alí-Bek, de María Rosa de Gálvez; Británico, Tomás Sebastían y Latre) o normal (Andrómaca, obra de una dama anónima).

A este respecto llaman la atención las obras de José Cadalso: Don Sancho García, conde de Castilla y Solaya o los circasianos, escritas en pareados endecasílabos.

Como todo aficionado a la poesía sabe, el hemistiquio en los versos de más de once sílabas es una especie de pausa. En realidad, el verso se divide en dos partes. En el caso de la traducción de Princivalle:


«Todos me consideran / como persona honrada,

pero la verdad pura / es que no valgo nada».


Es como si se pusiera:


«Todos me consideran

como persona honrada,

pero la verdad pura

es que no valgo nada».


Sin embargo, en los versos endecasílabos no hay tal pausa:


«¡Oh, terrible amenaza, tente, espera...!

¿Qué dirá este papel? ¡Suerte severa!

¡Qué susto da su vista! ¡Y qué tormento,

al leerle, temblando experimento!

Parece que una mano oculta y fuerte

(¡oh funesto papel!) me quita el leerte.

Leeré para salir de mis recelos.

¿Qué densa nube se interpone, ¡oh cielos!,

entre mi débil vista y tus renglones?

Salgamos con valor de confusiones;

bebamos de una vez todo el veneno

con firme labio y corazón sereno.

No tiembles, mano, vista no te alteres;

porque vea Almanzor que las mujeres

no tienen menos brío que los hombres.

Atiende, corazón, y no te asombres.

Mas ¿cielo, qué he leído? ¿Si me engaño?

Si grande fue el temor, mayor el daño.

¡Oh bárbaro Almanzor, indigno amante!,

¿qué daño has de temer de un tierno infante?

¿Del ídolo de amor, deidad demente,

será mi hijo víctima inocente?

¿Aceptarás mi mano ensangrentada

en el seno filial, ¡ay Dios!, manchada?».


Tras más de mil versos así, el efecto que se produce en el lector o espectador es, cuanto menos, curioso.



Bibliografía


MOLIÈRE. Tartufo/ Don Juan o El convidado de piedra. Traducción de Carlos M. Princivalle. Madrid. Espasa-Calpe, 1975.

JUAN RACINE. Británico. Tragedia. Traducida en prosa castellana por don Saturio Iguren y puesta en verso por don Tomás Sebastián y Latre. Zaragoza, imprenta de Francisco Moreno, 1764.

UNA DAMA DE ESTA CORTE. Poesía varias, sagradas, morales, y profanas o amorosas con dos poemas épicos en elogio del capitán general D. Pedro Cevallos. Madrid, imprenta real, 1789.

JOSÉ CADALSO. Don Sancho García conde de Castilla. Madrid, imprenta de Isidoro de Hernández Pacheco, 1785.

MARÍA ROSA DE GÁLVEZ. Alí-Bek, tragedia original en cinco actos. Madrid, en la oficina de Benito García y compañía, 1801.

 

 

lunes, 5 de diciembre de 2022

LA ETERNA CONTRADICCIÓN


Por más que se corrija una obra literaria, nunca se hallará perfecta la próxima vez que se lea.


Te has puesto a corregir una de tus obras por séptima vez.

Todo iba bien hasta que, en la página XX, has encontrado una contradicción con algo de la página VI.

En la cuarta corrección habías modificado ligeramente el lugar donde transcurría la acción, porque de lo contrario se producían incoherencias con algo que acontecía a partir de la página XV. De estas incoherencias no te habías percatado ni durante la escritura del original ni en la primera corrección ni en la segunda ni en la tercera…

Pero se te olvidó, al hacer esa cuarta modificación, lo de la página VI.

—¿Por qué no me di cuenta de lo que he descubierto hoy en la cuarta corrección o en la quinta o en la sexta? —preguntas—, ¿por qué?

Y la desazón te invade.

—¿Tan mal escritor soy? ¿Estaré encontrando contradicciones e incongruencias todas las veces que corrija esta obra?

Y añades:

—En mis otros escritos también me han acontecido cosas similares. ¿Nunca pasará una corrección sin que no encuentre ni una sola falta?

Según el romano Horacio, había que leer y borrar mil veces, pero los literatos actuales afirman que ha de llegar un momento en que se diga «¡basta!».

Lo sabes, aunque te lamentas de que no se cumpla el refrán «a la tercera va la vencida».

 


lunes, 21 de noviembre de 2022

EL TEXTO TEATRAL COMO TEXTO LITERARIO

 

Una obra de teatro se puede representar, sí; pero ante todo se puede leer, ya que el teatro es también un género literario.


Se suele afirmar que el auge del cine y de la televisión en el siglo XX produjo el declive de las representaciones teatrales. Este declive se ha acentuado con el desarrollo de Internet en el siglo XXI, ya que es una clase de tecnología que aumenta la oferta de entretenimiento en casa.

La adaptación de novelas a la pantalla parece haber desechado que se hagan programas como Estudio 1, de Radiotelevisión Española, que consistía en la representación televisada de tragedias, dramas y comedias.

En este sentido, algunos tristemente se aventuran a predecir el fin del teatro. Según ellos, no tiene sentido continuar escribiendo textos para algo que acabará desapareciendo. Sin embargo, sus vaticinios se basan en la idea de que el texto dramático está orientado tan solo a la representación, como si no pudiese leerse independientemente, como si no fuese también una obra literaria.

Baste como ejemplo de esto último El abuelo, de Pérez Galdós y La casa de Aizgorri, de Pío Baroja. Ambos textos están escritos a la manera de obras teatrales, pero se llaman «novelas» por su gran extensión. Alguien puede alegar que las acotaciones son más largas y descriptivas; pero también Valle-Inclán, en La marquesa Rosalinda incluye acotaciones en verso y nadie la ha llamado jamás «novela dialogada».

¿Por qué no se pueden leer las demás obras de teatro como si fuesen El abuelo o La casa de Aizgorri?



lunes, 14 de noviembre de 2022

LA TORRE DE BABILONIA


La Torre de Babilonia es un auto sacramental de Calderón, el menos simbólico, si se compara con los demás que escribió.


Cuando alguien piensa en autos sacramentales, piensa en Calderón de la Barca.

Sus autos más conocidos son El gran mercado del mundo y El gran teatro del mundo. Se trata de obras simbólicas, a modo de parábolas, con personajes tales como la Gracia, la Herejía, el Mundo, el Rico, el Pobre…, que terminan con una exaltación de la eucaristía.

Otro auto importante, aunque menos conocido, es La cena de Baltasar. A diferencia de en los anteriores, en él no se desarrolla una historia simbólica, sino real: la de la opresión de los israelitas en Babilonia. Pero en tal historia se mezclan personajes reales y simbólicos: el profeta Daniel y el rey Baltasar conviven con el Pensamiento, la Muerte, la Vanidad y la Idolatría (estas dos últimas hacen de esposas del rey).

Siguen en esta línea autos como Sueños hay que verdad son (José en Egipto, con la Castidad y el Sueño), La serpiente de metal (idolatría de los israelitas al salir de Egipto, con la Idolatría y los Cinco Sentidos), El arca de Dios cautiva (combates entre los israelitas y los filisteos, también con la Idolatría y los Cinco Sentidos), El árbol del mejor fruto (Salomón y la reina de Saba, con la Idolatría), Mística y real Babilonia (el sueño de Nabuco, con la Idolatría)… y La torre de Babilonia (Babel).

Sin embargo, La torre de Babilonia es peculiar. Comienza con Noé y su familia saliendo del arca tras el diluvio, sigue con el episodio de la embriaguez del patriarca, la maldición de Cam y la repoblación del mundo. Es entonces cuando aparece un ángel que se hace llamar «la Inteligencia», pero que, en realidad no es sino un narrador que describe cómo pasa el tiempo y cómo los descendientes de Noé se multiplican. Tras su largo discurso, algunos de estos descendientes vuelven a visitar a Noé —entre ellos, Heber y Nembrot—. Concibe Nembrot la idea de construir la torre de Babel y la realiza. Sin embargo, el ángel vuelve a aparecer y confunde sus lenguas. 

Sin duda alguna, es el auto sacramental con menos elementos simbólicos de Calderón.



martes, 1 de noviembre de 2022

LA UNIDAD DE LUGAR... ¿EN EL CINE?


La unidad de lugar del teatro griego llevada al cine actual.


Todos los aficionados al teatro conocen bien lo que son las tres unidades clásicas: la de acción, la de lugar y la de tiempo. Implicaban que no podía haber más de una acción principal en la obra, que esta debía desarrollarse en un único lugar y que su duración no podía extenderse más de un día.

En cuanto a la unidad de lugar, no hay más que leer un drama de Leandro Fernández de Moratín o una tragedia de Racine para saber a lo que nos referimos.

Ha de decirse, sin embargo, que, aunque dicha unidad pretendía remontarse a Aristóteles y al teatro griego clásico, no había tales carneros. El mejor ejemplo es la obra Las Euménides, de Esquilo (última tragedia de la trilogía La Orestea, de que hablamos ya en este blog), en la cual la acción transcurre en dos ciudades próximas: Delfos y Atenas.

Los prelopistas españoles también interpretaron de manera muy laxa la unidad de lugar. Rechazaban la idea de que la obra empezara en Europa, continuara en Asia y acabara en América; pero admitían que podía transcurrir en distintos puntos de una ciudad y su exterior (Numancia, de Cervantes) o en ciudades cercanas (La muerte de Virginia y Apio Claudio, de Juan de la Cueva).

Y aun una obra de Racine (Ester) se desarrolla en tres salas del palacio del rey Asuero (una por acto); y el Mahomet, de Voltaire implica un escenario muy grande, que los personajes van cruzando a medida que hablan y se encuentran unos con otros. Es también conocido cómo Corneille viola la unidad en La ilusión cómica, que se desarrolla en la cueva de un mago, pero cuyas visiones alcanzan lugares muy alejados.

Después del romanticismo, la unidad de lugar cayó formalmente en desuso, pero no materialmente, por la dificultad de cambiar los escenarios durante la representación. El cine pareció acabar del todo con dicha unidad; aunque ha habido excepciones.

Se han intentado producir algunas películas en que los personajes se mantienen en un único sitio. La más llamativa sería Enterrado (2010), donde la cámara jamás se aparta del interior del cajón en que han metido al protagonista y los diálogos solamente se producen gracias al teléfono móvil. La soga (1948), basada en una obra teatral, se le aproximaría, aunque la acción transcurre en un ático y los primeros minutos de la película (mientras aparecen títulos y nombres) enfocan a la calle próxima, por donde pasean personas. El Examen (2009) tiene lugar dentro de una sala más pequeña que el ático y más grande que el cajón, incluyendo en ocasiones el corto pasillo que conduce a su puerta. Sin embargo, y a diferencia de la película de Hitchcock, mientras aparecen nombres al principio se muestran imágenes que sugieren que los personajes se están vistiendo y acicalando en sus casas para el examen.

Otra película clásica, Doce hombres sin piedad (1957), transcurre en la sala de deliberaciones del jurado, aunque en un determinado momento se muestra el servicio de dicha sala. En el principio y el final se ve el exterior del palacio de justicia donde se halla la sala (y en el principio, además, sus pasillos y el juzgado donde el juez habla a los miembros del jurado, antes que se dirijan a la sala de deliberaciones).

Más que de cumplir la unidad de lugar, convendría hablar de «películas que transcurren mayoritariamente en un único lugar».



jueves, 27 de octubre de 2022

GEORGES SIMENON, ¿AL TEATRO?



Georges Simenon fue un escritor belga (1903-1989) en lengua francesa muy prolífico. Cultivó la novela policíaca y creó al comisario Jules Maigret.

Muchas de estas novelas son bastante teatrales y no costaría casi nada llevarlas a las tablas. Un ejemplo de ello es La esclusa número uno (1933), en la cual Maigret investiga el intento de asesinato del armador Émile Ducrau (dueño de las pinazas azules de la esclusa número uno del puerto de Charenton). Consta de diez capítulos, y con leves modificaciones podrían agruparse en siete escenarios o cuadros (casi uno por capítulo). Resumimos a continuación lo que sucedería en cada uno de ellos:

CUADRO I. En la casa de Ducrau, en el puerto de Charenton. Día 1. Llega el comisario Maigret leyendo o recitando para sí los antecedentes del caso, que había acontecido el día anterior: «La gente vio gritando en el agua al viejo Gassin, dueño de la nave El Toisón de Oro. Lo sacaron. Dijo que había caído al agua porque alguien había tirado de él. Entonces vieron en el agua a otro hombre y lo sacaron: era Émile Ducrau. El médico comprobó que lo habían apuñalado». Salen Émile Ducrau, su mujer y su criada. Ducrau le habla de que anteayer también estuvieron su hija y su yerno —militar, que quería dejar la profesión—, que iban a tener supuestamente un hijo y que deseaban irse a vivir al Midi, para lo cual necesitaban su parte de la herencia. Habían reñido por ello. Ducrau informa a Maigret de que en otros departamentos de la casa también viven Rose, la amante del propio Émile —a la que este mantiene— y Jean, el otro hijo —un pobre enfermizo que estudia derecho—. Ducrau también habla de Gassin, que es un antiguo camarada suyo y con el que ha hecho muchos viajes; y de Aline, la hija de Gassin.

CUADRO II. En el puerto, al lado de donde está atracado El Toisón de Oro. Día 1. Maigret se topa con varios hombres que acompañan a Gassin, el cual está borracho, a que beba más en el cafetín; pero el comisario los deja pasar y no lo interroga. Sube a El Toisón de Oro, donde se encuentra con la hija de Gassin amamantando a un niño. Le pregunta si es hijo suyo y ella le responde que es su ahijado. La muchacha se porta y habla de manera rara. Maigret le pregunta si estuvo en el barco Ducrau el día anterior y ella le contesta que Jean no, sino Émile. Maigret entonces quiere saber si Émile Ducrau le hace la corte, pero ella reacciona bruscamente y se encierra en un cuarto. El comisario se baja del barco y topa con dos pilotos y tres o cuatro hombres que le dicen que el niño lo tuvo Gassin con una mujer de otras tierras y se lo entregó a la hija para que lo cuidase. Estos personajes le insinúan que Aline está mal de la cabeza.

CUADRO III. En el puerto, en otra parte. Día 2. Maigret se entrevista otra vez con Ducrau. Hablan de los negocios del armador y de su familia (sobre cuyos miembros Maigret ha mandado hacer averiguaciones). Sale a relucir que la noche en que atacaron a Ducrau, este había ido al burdel, como solía. El comisario manifiesta sus sospechas de que Ducrau es el padre del hijo de Aline, aunque este le revela que, en realidad, es el padre de Aline: que la engendró con la esposa de Gassin y que nadie lo sabe. También le confirma que es retrasada. Se disponen a ir al cafetín, pero llegan empleados de Ducrau a informarle de que su hijo Jean se ha suicidado: que se ha colgado y ha dejado una nota en la que se acusaba a sí mismo de ser quien había atacado a su padre.

CUADRO IV. Ante las oficinas de Ducrau, a la mañana del día 3. Maigret informa al armador de que ha aparecido otro ahorcado: el ayudante del esclusero de Charenton, llamado Bébert, personaje que no se había mencionado hasta este momento. Ducrau le comenta al comisario que ha estado en un hostal para no soportar el luto que se respiraba (aunque más tarde insinuará que había estado en otro sitio menos decente), y al conversación se centra en el nuevo muerto: un don nadie sin familia que malvivía por allí. Ducrau se ha enterado por la prensa de que Maigret se va a jubilar y le propone que trabaje para él. Se va Ducrau y sale Gassin, borracho, con otros hombres, en dirección al cafetín. El comisario tiene unas palabras con estos acompañantes, y ellos continúan su camino. La amante de Ducrau, con maletas, cruza el escenario y, aunque no conversa con ella, Maigret adivina que se ha ido de cas. Por último, sale la encargada de El Baile, otro establecimiento de bebidas, que sabe que el comisario está investigando, y tras una conversación entre ambos, ella le confiesa que Ducrau estuvo la noche anterior —la del día 2— bebiendo allí y que se había ido a medianoche.

CUADRO V. Otra vez en el puerto, en la parte en que se hallaba El Toisón de Oro. Noche de otro día. Maigret viene hablando con sus inspectores sobre la gran mudanza que van a hacer él y su esposa a una nueva casa, lo cual lo atormenta bastante. Después se centran en lo que ellos han investigado sobre el difunto Jean Ducrau: era un enfermo sin amigos ni amigas ni nada de nada. El comisario vuelve la mirada a El Toisón de Oro, y repara en un hombre que está cerca, al que llama, y comprueba que es un taxista que ha traído a Ducrau a hablar con Gassin. Salen ambos del barco conversando tranquilamente. Ducrau invita a Maigret a regresar a casa en el taxi, no sin antes mencionar otra vez la propuesta de que trabaje para él.

CUADRO VI. En el entierro de Jean. Hay numerosas personas, entre las cuales se cuentan Ducrau, Maigret y un inspector. El inspector le refiere a Maigret que Gassin ha comprado un revólver. El comisario, que cree que Gassin es el responsable del atentado contra Ducrau —y no el difunto Jean—, lo manda detener. No obstante, antes que termine el sepelio, Ducrau se dirige a Maigret, ya que ha visto la detención (que ha ocurrido fuera del escenario) y le aclara que el revólver era para el propio Émile, que él se lo había encargado a Gassin (y, de paso, invita a Maigret a ir a su casa de campo el domingo). El sepelio termina, Ducrau se va y los policías traen a Gassin. El comisario aprovecha la ocasión para hablar con el detenido, pero no le saca nada en claro. Le encuentra dos fotos viejas en la ropa: la de su difunta esposa y la de Jean Ducrau —esta última con una dedicatoria a Aline—. Gassin le cuenta la historia de un marinero que se suicidó tras matar al médico borracho del pueblo, que no había salvado a su esposa embarazada, como comparándose con ese marinero, indicando que podría matar llegado el caso. Maigret ordena liberarlo.

CUADRO VII. En la casa de campo de Ducrau. Domingo. Maigret viene conversando con su inspector, que ha estado vigilando a Gassin. Hablan de este y de Aline. Después, el agente se va y sale Ducrau con su familia. Maigret asiste a una nueva bronca de Émile con la hija y el yerno, hasta el punto de que Ducrau les dice que, si el comisario se convierte en uno de sus hombres, le pagará todo lo que le pida —porque lo prefería a él antes que a su hija y a su yerno—. Maigret y Ducrau se apartan de los demás y se ponen a hablar. Regresa el agente que estaba vigilando y se une al diálogo. Se va. Una mujer trae a Maigret una carta que él mismo ha mandado interceptar. La carta que acaba de enviar Gassin a su hermana, en la que le dice que todo se lo deja a ella y le da instrucciones de cómo quiere ser enterrado. El comisario habla con Ducrau: Bébert, el otro suicida, debía de ser el padre del hijo de Aline: por exclusión, ya que Jean estaba enamorado tan solo platónicamente de la muchacha y era impotente (y debió de suicidarse para parecer muy hombre a los ojos de todos); aunque Gassin sí que debía de creer que el padre de su nieto era Ducrau y por eso debía de querer matarlo y se portaba de manera rara. Maigret deja caer que Ducrau es quien a matado a Bébert. Se va Ducrau y sale el yerno, que se para a conversar con el comisario. Quiere saber si a su suegro lo van a detener y apunta que se le podía dar, a la manera que usan los militares, una pistola para que se suicidase y salvase el honor. La criada trae la cena y, así que la sirve y todos se sientan a la mesa, se arma otra vez la gorda a causa de la hija y del yerno. Ducrau los acusa de haberse inventado que van a tener un hijo, y afirma que todo lo va a dejar al banco Génerale. Confiesa, en su furor, que él fue quien mató a Bébert por haber abusado de Aline, cuya paternidad proclama. Émile entonces repara en que fuera de la casa se halla Gassin, tan raro como siempre; lo manda pasar y se lo cuenta todo. Maigret cree que Gassin trae un arma y trata de quitársela, pero ni eso traía el pobre desgraciado. Ducrau sigue hablando con Gassin sobre los cuernos que le puso. Va a entregarse a la policía, bien que lo hará por la mañana. Invita a Gassin a dormir en la casa y este se va con la criada. Llega el otro inspector por Maigret y conversan. Vuelve la criada anunciado que Gassin se ha suicidado, a vista de lo cual Maigret y el inspector deciden pasar por El Toisón de Oro a dejarle bien visible a Aline la carta que el desgraciado Gassin había escrito a su hermana.