domingo, 28 de enero de 2024

LA SEGUNDA MUERTE DE HOMERO Y DE PLATÓN


Con la caída de Constantinopla, el idioma griego decae, hasta volverse ininteligible para los griegos de hoy en día.


El 29 de mayo de 1453 la ciudad de Constantinopla cayó en manos de los turcos otomanos, y con ella cayeron los restos de lo que había sido el Imperio romano de Oriente (también conocido como Imperio bizantino), que de abarcar mil años antes toda la península balcánica y la mayor parte del Oriente Próximo había quedado, al final, reducido a su capital y a unos pocos territorios cercanos.

A pesar de la resistencia de los bizantinos, los turcos, que los superaban notablemente en número y armas, tomaron la manzana de oro, que era como llamaban a la que en su día había sido la segunda Roma. El último emperador de los romanos —este seguía siendo su título—, Constantino XI Paleólogo (que, por paradojas de la historia, se llamaba igual que el fundador de la ciudad), consciente de que no había nada que hacer, decidió no rendirse y, por tanto, morir luchando junto a sus compatriotas. Desaparecido en el fragor del combate, parece que su cadáver fue reconocido gracias al calzado: a los chapines de color púrpura que llevaba —símbolo de su autoridad imperial—; si bien la gran confusión que siempre ha reinado sobre su fin favoreció que el pueblo, que lo consideró un héroe, forjara la leyenda de que, en realidad, no había muerto, sino que un ángel lo había convertido en estatua de piedra y que tarde o temprano volvería a la vida para recuperar a Constantinopla.

Una de las cosas más curiosas del Imperio romano de Oriente es que durante el milenio largo de su existencia se había acabado transformando en un imperio esencialmente griego. El latín, que era la lengua oficial de los romanos —y de todo el vasto territorio que habían conquistado— fue sustituido en aquellas regiones orientales por el griego, que siempre se había usado allí más, por lo que se volvió el continuador de la civilización griega: la de la Grecia antigua que siempre nos han pintado y que representan nombres como Homero, Hesíodo, Platón, Aristóteles, Aristófanes, Esquilo, Sófocles, Eurípides…, cuyos textos el Imperio bizantino guardó, conservó y transmitió a Occidente. Además, por el peso de la gran tradición cultural de la antigua Grecia, el idioma griego se conservó con enorme pureza durante todo ese tiempo. 

Pero ni que decir tiene que, según se iba perdiendo tierra (primero ante los árabes y, al final, ante los turcos), la lengua vino a menos, al ser cada vez menos usada en los diversos ramos de la Administración; y donde se mantuvo fue dejando de parecerse a la de la Antigüedad. Por tal manera, cuando Grecia consigue librarse del dominio turco a principios del siglo XIX, los patriotas se ven obligados a reinventar artificialmente su idioma (e imponer lo que ellos llamaban katharévousa: ‘lengua depurada’) para que se asemejase lo más posible a aquel otro griego, y que, como difería tantísimo del griego popular, desencadenó un conflicto social que duró casi siglo y medio (la «cuestión lingüística griega»), hasta 1976, año en que el griego popular venció para siempre a la arcaizante katharévousa. Y, cuando esto ocurrió, formalmente (porque, como hemos dicho, ya había ocurrido, en realidad, mucho antes) los griegos dejaron de entender aquel otro griego que era el que los estudiantes de Humanidades de todo el mundo aprendíamos (y que seguía siendo por ello, en cierto modo, una lengua universal) y Grecia dejó de ser, por tanto, aquella misma Grecia de togas que nos pintaban en los cuadros, esculturas y películas cinematográficas, y que a buen seguro no habría dejado de ser si no hubiera desaparecido del todo el Imperio romano de Oriente.

Cuando cayó Constantinopla, Eneas Silvio Piccolomini, el futuro papa Pío II, dijo: «Esta es la segunda muerte de Homero y también la de Platón». ¿A alguien le cabe duda?



domingo, 24 de diciembre de 2023

DE LIBRO A LIBRO

 

La evolución del libro, desde las tabillas y el pergamino hasta la actual forma, plantea la pregunta de cómo serán los libros dentro de muchos años.


Hoy lees un relato de forma digital en tu ordenador o en una tableta.

Y te acuerdas de tu niñez, en la cual leías las historias en libros de papel publicados por alguna editorial.

La historia del libro es larga. Recuerdas que en la escuela te enseñaron que los antiguos mesopotámicos comenzaron a escribir en tablillas, que los siguieron los egipcios escribiendo en rollos de papiro, y que los griegos sustituyeron el papiro por el pergamino.

Hasta la Edad Media el libro no comenzó a parecerse a lo que tú leías de pequeño (objetos rectangulares formados por páginas apiladas una tras otra). Y, por fin, en el siglo XV se inventó la imprenta y así publicar libros fue más fácil.

Y te preguntas: ¿qué ocurrirá dentro de cien o doscientos años? ¿Qué forma tendrán los libros? ¿Acabarán acaso implantándonos las historias en la memoria, como le implantaban a Keanu Reeves en Matrix los cursos de lucha o a Arnold Schwarzenegger en El sexto día los hechos de su vida pasada?


 

viernes, 3 de noviembre de 2023

LO LITERARIO DE REFLEXIONAR SOBRE LA LITERATURA

 

Escribir sobre la literatura o sobre una obra literaria puede convertirse en literatura si se emplean imágenes o giros propios de los escritores y no de los meros críticos.


La literatura no solo se produce al escribir novelas, dramas o poemas.

También un artículo publicado en un periódico —o actualmente en una ciberpágina o en un blog— que trate de literatura en general o de alguna obra en particular se puede convertir en un texto literario.

¿A quién no le suenan frases como estas?: «Los personajes que ha creado fulano en tal o cual libro son reflejo de las pasiones humanas más arraigadas y vehementes. El dolor lo permea todo y la tristeza se siente —casi se palpa— en el ambiente, y el lector no puede evitar que ese dolor lo invada»; «pocos escritores como mengano pueden jactarse de forjar metáforas tan acertadas, tan potentes, tan vívidas» o «zutano lleva la escritura a un nuevo ámbito, en el que se mezcla lo personal, lo espiritual y lo social».

¿No estamos componiendo poesía en prosa cuando decimos tales cosas? La reflexión sobre el fruto de la escritura, las técnicas narrativas, los artificios estilísticos, las influencias que se notan en la obra y aun sobre el mero acto de escribir se convierte así también en literatura; y ello porque el artículo no será una mera crítica o análisis, sino una creación propia de quien reflexiona, que transmite la emoción y hasta la pasión que le han infundido lo que previamente ha leído. Al hacer tal clase de reflexiones, por tanto, la obra sobre la que tratamos nos habrá servido de inspiradora de una nueva obra —el artículo—, aunque cae de cajón que no de la misma manera que los clásicos grecolatinos a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII, como Fray Luis de León.



sábado, 30 de septiembre de 2023

LAS OBRAS RENACENTISTAS QUE DURABAN DEMASIADO


En el Renacimiento, siguiendo a Aristóteles, las obras teatrales duraban hora y pico; pero no todas.

Es de todos sabido que durante el Renacimiento se volvió a los modelos griegos y romanos en todas las ramas del arte, lo cual para el teatro significó la recuperación de los preceptos aristotélicos, que se resumen en la llamada regla de las tres unidades (debe haber una única acción, en un único lugar o en lugares muy próximos y en un día o poco más); aunque, como también es de todos sabido, tal regla no es propiamente de Aristóteles, sino de otros teorizadores, que la dedujeron estudiando y reflexionando sobre los escritos del gran filósofo. La única de las tres unidades que él había asentado con claridad fue la de tiempo (la acción debía durar un día o poco más o poco menos), esto es, debía ser breve, y la exigencia de brevedad condujo a que los dramaturgos italianos —y posteriormente, los franceses del Grand Siècle (Corneille, Racine)— ajustaran la duración de sus obras a la que tenían las obras de los griegos de la época de Aristóteles: a una hora y pico. Por consiguiente, a las obras que excedían de dicha duración se las pasó a considerar irrepresentables, destinadas solamente a la lectura (novelas dialogadas, como diríamos hoy en día).

Paradójicamente, en aquella época nos encontramos con obras que exceden con creces de la hora y pico y que se llevaron efectivamente a escena. En el propio corazón del Renacimiento, en Italia, Giambattista Giraldi Cinzio (1504 - 1573) compuso nueve tragedias (Orbecche, Altile, Didone, Antivalomeni, Cleopatra, Arrenopia, Euphimia, Epitia y Selene), ajustadas a los preceptos aristotélicos y que doblaban en extensión a las que se consideraban normales, esto es, que llegaban a tres horas o más, y de cuya representación se sabe que sobrepasó las seis horas, ya que entre los actos era costumbre que se intercalasen entremeses (y estas tragedias tenían cinco actos).

Por su parte, en España consta que ocurrió algo parecido, sobre todo en el ámbito del teatro de colegio: así el humanista Hernando de Ávila (1557 o 1558 - 1619) puso en escena dos obras suyas, la Tragedia de san Hermenegildo y la Comedia de santa Catalina, con entremeses intercalados entre los actos (entremeses que, en nuestro caso, se han conversado en los manuscritos) y que llegaron a sobrepasar también las seis horas.



lunes, 18 de septiembre de 2023

JORGE MANRIQUE, EL PSICÓLOGO


Las coplas de Jorge Manrique tienen explicación de la psicología moderna


«Recuerde el alma dormida,

Avive el seso y despierte

Contemplando

Cómo se pasa la vida,

Cómo se viene la muerte

Tan callando…».


Casi no debe de haber ciudadano español que no reconozca o aun que no se sepa de memoria estos seis versos.

Con ellos comienzan las Coplas a la muerte de su padre, del poeta medieval (del siglo XV) Jorge Manrique. Por su importancia para la fijación del idioma y por la influencia que tuvo también fuera de España, esta elegía se explica en todas las escuelas e institutos.

Pero hay otra razón por la que es imposible olvidar a Jorge Manrique y sus coplas: porque dice cosas muy profundas en muy poco espacio, y de manera muy llana y sencilla: solo en esos primeros versos, por ejemplo, se nos advierte de lo rápidos que pasan los años —y con ellos la vida—, tan rápidos que, cuando nos percatamos de ello, ya somos adultos, casi viejos. Y ello, como han explicado los psicólogos modernos, trae causa de que, dejadas atrás la niñez y la juventud, una vez que el aprender y el hacer cosas nuevas, propio de aquellas edades, son sustituidos por la rutina y la costumbre, el cerebro comienza a sentir el transcurso del tiempo de manera más indiferenciada y, por tanto, tenemos la impresión de que días, semanas, meses y años se suceden con mayor celeridad que antes.

En general, todo el poema está lleno de reflexiones similares, breves y claras.



domingo, 17 de septiembre de 2023

¿PARA QUÉ SIRVE UN BLOG HOY EN DÍA?

 

Escribir un blog te ayuda a parecer más experto.

Con el auge de las redes sociales (en particular, Instagram, TikTok y Twitter) se ha extendido la opinión de que escribir un blog es cosa anticuada. Sin embargo, esto no es así, ya que, si paramos a pensar en las ventajas del blog, de buenas a primeras, caeremos en que permite tratar asuntos con más extensión y profundidad que una publicación de 280 caracteres o un vídeo de 15 segundos, y de manera más personalizada, ya que la disposición del texto y de las imágenes en un blog no está sujeta a las mismas restricciones que en las redes sociales, con contenidos dependientes de los famosos y cambiantes algoritmos. El blog permite que se pueda acceder a sus textos de manera totalmente libre y en cualquier momento (cuando los internautas busquen artículos sobre tal o cual materia mediante los motores de búsqueda), lo que favorece que se cree un público más numeroso y a veces también más duradero (no olvidemos que una publicación de Twitter o un vídeo de Instagram pueden captar la atención de la gente y aun generar vivas discusiones, pero por muy poco tiempo, ya que es fugaz; y que un artículo de un blog, como no desaparece, puede hacer que la atención del público recaiga continuamente sobre él).

Por otra parte, tener un blog bien gestionado y lleno de buenos artículos confiere al escritor, a los ojos de sus lectores, autoridad sobre la materia sobre la que está tratando. Y aquí está usada muy propiamente la expresión «a los ojos de la gente», ya que a los que visiten el blog les bastará con una mera mirada al contenido para saber que se hallan ante alguien con conocimientos, cosa que no siempre es fácilmente reconocible en una publicación hecha en redes sociales, que, por lo general, salvo que el lector sienta algún interés particular por ella y vaya a visitar el sitio del autor (y a comprobar, por tanto, sus conocimientos), se perderá inmediatamente entre otras miles y miles de publicaciones.



sábado, 16 de septiembre de 2023

SER O NO SER... METRIFICADO


Las obras de Shakespeare están compuestas mezclando prosa y verso. El verso es el pentámetro yámbico, que en nuestra lengua se puede trasladar como endecasílabo.

En sus obras dramáticas, William —Guillermo— Shakespeare combinó la prosa y el verso. A diferencia de sus contemporáneos, los clásicos españoles del Barroco, que usaban diferentes estrofas (con rima, por tanto) según la situación dramática, y reservaban la prosa para las cartas que leían los personajes, el autor inglés no fue tan comedido en la utilización de aquella; y, además, en cuanto a la métrica, se valió principalmente del verso blanco. Por eso, en el aspecto formal, sus obras recuerdan más a las que se hacían en España durante el Romanticismo.

El verso blanco usado por Shakespeare era el pentámetro yámbico. Estaba formado por cinco pies dobles de una sílaba no acentuada (o) y otra acentuada (-) en la forma


o-, o-, o-, o-, o-


Y que en español vendría a ser algo así como lo que sigue:


«Tendrás las duras penas pronto, ya».

«¿Quién sabe, gentes malas, dónde vais?».

«No quiero nada vuestro; no, no más».

«Mirad: muy cerca está la puerta azul».


Esta clase de verso suena a endecasílabo; aunque usarlo habitualmente en nuestro idioma sería labor harto dura, ya que las palabras españolas son más largas que en inglés y, además, las nuestras suelen ser llanas.

A este respecto, las más de las traducciones de Shakespeare se han hecho en prosa —con excepción de las partes correspondientes a las cancioncillas que introducía en las historias—. No obstante, a finales del siglo XIX, la Biblioteca clásica publicó ocho volúmenes de teatro selecto del gran dramaturgo, a cargo de Guillermo Macpherson y Eduardo Benot, que, al traducir del inglés, respetaron las partes en prosa y las partes en verso del original, empleando endecasílabos blancos para sustituir los pentámetros yámbicos.

El tomo I incluía El rey Lear y Sueño de una noche de verbena.

El tomo II, Ricardo III, Macbeth y Julio César.

El tomo III, Otelo, Romeo y Julieta y Hamlet.

El tomo IV, Coriolano, La tempestad y El mercader de Venecia.

Los tomos V y VII, Antonio y Cleopatra, Timón de Atenas, Un cuento de invierno, Troilo y Crésida, El rey Juan y Medida por medida.

El tomo VI, Cimbelino, Las alegres comadres de Windsor y La fiera domada.

El tomo VIII, Como os gusta y Enrique IV (partes I y II).

Hoy en día estos volúmenes se hallan gratis digitalizados en Internet, por lo que cualquier interesado o curioso puede leerlos y comprobar el acierto de la traducción.

Es de suponer que algunos dirán que, al trasladar una obra de un idioma a otro y luego versificarla, se pierde fidelidad con respecto al texto original. No obstante, se puede replicar que, en tal caso, lo que se busca es otro tipo de fidelidad: que la obra le suene al lector —o espectador— hispanohablante de la manera más parecida a cómo suena a los oídos del público anglohablante al que estaba destinada.